YO MATE A LA PERSONA QUE MAS QUERIA

Mi historia comienza muy lejos de aquí, en plena Melanesia. Para los amantes de la geografía, concretamente en la isla de Ulaba, de unos 2000 km2 de extensión. En la costa norte se encuentra la capital administrativa, Mileport, con una población aproximada de 14.000 habitantes.

Sin embargo, mi historia comenzó en la costa sur, donde se extiende la impenetrable selva del río Riann. Allí existe una pequeña tribu (aunque en la actualidad está a punto de desaparecer, absorbida por el desarrollo urbanístico de la zona), los Kunaim, el pueblo que me vio nacer. Cuando yo aún vivía allí, éramos cerca de 500, organizados en un pequeño poblado a la orilla del río. Casas de rocas volcánicas y barro se extendían por la ribera, en una llanura ganada a la selva a base de hachazos.

Aunque en aquellos años el modo de vida de la tribu me parecía lo más normal del mundo, reconozco que ahora que vivo en el mundo occidental, algunas de las costumbres me chocan, y no quiero ni pensar en lo que opinará alguien que no conoce de cerca el comportamiento de los pueblos primitivos que conviven con ellos en pleno siglo XXI. Por ello he creído conveniente contarlo sin obviar ningún detalle, para que el extranjero puede hacerse una idea de cómo era la vida de la tribu, que poco o nada tiene que ver con lo que venden los prestigiosos documentales que se han realizado en los últimos años. Aun así, es comprensible que en los medios de difusión masivos se omitan ciertas cosas, pues podrían escandalizar al más liberal de los occidentales.

Vayamos al grano. Pese a que no tengo ningún documento que lo acredite (es de las pocas cosas que hecho de menos de mi vida allí, la ausencia de cualquier tipo de burocracia), diría que nací en torno a 1973, cuando las guerras civiles de las islas cercanas de Tomaha y Keleti aun no habían involucrado a la nuestra. Por suerte, nuestra región apenas se vio afectada, pero mis primeros recuerdos son de mis padres explicándonos a mis hermanos y a mi lo que hacer si el hombre blanco entraba en el poblado.

Ese día nunca llegó, por lo que mi infancia se desarrolló en completa normalidad, dentro de lo que cabe. Me refiero más que nada a la libertad sexual que existía, puesto que todos íbamos desnudos, y era frecuente ver a parejas manteniendo relaciones delante de mayores y niños. Entonces nos resultaba normal, pero pensándolo fríamente era cuanto menos chocante. De todos modos, hay que aclarar que los jóvenes estaban castigados si participaban en aquello, y hasta donde yo se, nadie quebrantaba la norma.

También teníamos terminantemente prohibida la masturbación, y al menos en mi caso, puedo prometer que nunca la incumplí. El temor a la furia del omnipresente Dios Manjah reprimía nuestros impulsos.

Recuerdo también que los menores de 13 años íbamos pintados con dibujos blancos y negros, señalando que aun no habíamos superado el rito de la pubertad, llamado Gamu-kaiba. Más tarde lo explicaré con más detalles, pues fue el hecho más importante que me ocurrió allí. Los adultos empleaban también la pintura de color rojo, que representaba que su sangre había sido bendecida por los dioses.

Poco antes de cumplir los 12 años, mientras jugaba en la selva con otros chicos (las niñas solo podían juntarse con los niños dentro del poblado, supongo que para evitar atracciones innecesarias), cometí el estúpido error de beber agua de un estanque. Esa misma tarde caí enfermo, y las fiebres y la diarrea estuvieron a punto de acabar con mi vida. La lección me sirvió para no volver a hacerlo, y derivó posteriormente en mi adicción al agua mineral embotellada. Aun hoy, soy incapaz de beber agua que no haya sido tratada previamente, por lo que pueda pasar...

Volviendo al tema que nos ocupa, fue más o menos en esa época cuando me circuncidaron. Pese a que la mayoría de las civilizaciones tiende a realizar esta amputación en los primeros meses de vida, en nuestra tribu la costumbre era hacerlo cuando el joven comenzaba a mostrar los primeros signos de la pubertad. En mi caso fueron los primeros vellos púbicos los que dieron la voz de alarma y un par de días después sufrí en mis carnes el peor dolor que hasta hoy he experimentado.

Para bien o para mal, en dos o tres semanas estaba completamente curado, y sin ninguna secuela salvo la más evidente. Éramos cinco chicos de aproximadamente mi edad en el pueblo, y en pocos meses todos fueron pasando por el trago. Nuestra transición a la vida adulta había comenzado.

Finalmente, llegó el día. Los cinco pre-adolescentes fuimos mandados al interior de la selva, río arriba, donde deberíamos pasar 50 noches antes de regresar al poblado. Así demostraríamos que estábamos preparados para afrontar la nueva etapa. Nos pintaron todo el cuerpo de blanco, y sin comida ni agua una balsa nos llevó a la zona más densa de la selva.

Decidimos no separarnos, y permanecer los cinco juntos en todo momento. En principio fue difícil organizarse los turnos de caza y de vigilancia, pero terminamos llegando a un acuerdo. Fue en esos cincuenta días donde consolidé mi amistad con Yukih, un chico que con el que no había tenido buena relación durante mi niñez, pero que en aquel periodo me demostró ser alguien en quien confiar. También influyó que me salvara la vida en un par de ocasiones, pues su instinto era mucho más agudo que el mío.

Recuerdo aquellos días con todo lujo de detalles, pues han marcado el resto de mi vida, pero no entraré en muchos más pormenores para no aburrir al lector. Hay alguna publicación que se centra más en estos aspectos que en los que yo desarrollaré a continuación, y a ellos remito a todo aquel que tenga interés en conocer como un grupo de niños de alrededor de 11 o 12 años se las arregla para sobrevivir sin ayuda de adultos en un entorno hostil.

La última noche que pasamos en la selva apenas dormimos, y celebramos haber sobrevivido a aquellos días tan duros. Pese a todo, no guardo un mal recuerdo de ese tiempo, aunque hay alguna anécdota que traumatizaría a más de uno. Cuando salió el sol, emprendimos el camino de vuelta, y un par de días después la tribu nos recibió con una gran fiesta. Nos llevaron al mar, donde nuestras madres nos limpiaron los restos de pintura, de suciedad y de sangre, y fuimos rapados completamente. Todo el pelo de nuestro cuerpo fue entregado al dios Manjah, nos dieron plantas medicinales, aunque yo las clasificaría dentro de las alucinógenas.

Despertamos encerrados a oscuras en una choza, aun bajo los efectos de las plantas. No recuerdo el tiempo que estuvimos allí confinados, pues era difícil tener noción del tiempo en esas condiciones, pero diría que fueron dos o tres días. Cuando nos dejaron salir era de noche, y estábamos los cinco hambrientos. Una gran cena estaba preparada, y nos permitieron cebarnos a nuestro antojo. Aquel festín significaba el comienzo de la ceremonia de paso a la vida adulta, el Gamu-kaiba que mencioné hace un rato. Nos dieron una pequeña dosis de plantas, no tan fuerte como la vez anterior, y fuimos subidos a un altar dedicado al dios de la vida, Gamu.

El jefe de la tribu, que era también el encargado de dirigir la celebración, comenzó a masturbarse, y nos invitó a hacer lo mismo. Lo habíamos visto hacer cientos de veces, pero nunca se nos había permitido a nosotros. El resto de la tribu, incluidas nuestras familias estaban presentes, pendientes de cómo sus vástagos daban el paso a la vida como adultos.

Yukih y yo nos sentamos juntos, y comenzamos a masturbarnos con orgullo, debíamos demostrar que estábamos plenamente capacitados para ser adultos. Fue Kopei, un chico unos meses mayor, quien eyaculó primero, y lo hizo sobre un cuenco preparado para recoger nuestros primeros efluvios de semen, liquido divino para los Kuinam.

Uno tras otro, Yukih, Raomé y yo eyaculamos en el cuenco, pero el otro chico, Khirame fue incapaz de hacerlo. Incluso el jefe le intentó ayudar, pero fue incapaz. Aun no estaba listo, así que tuvo que abandonar la ceremonia y al año siguiente repetir todo el proceso. Los cuatro que si conseguimos tener nuestra primera eyaculación fuimos invitados a beber del cuenco, según la creencia para obtener la vitalidad y un crecimiento espiritual completo.

Nos pintaron todo el cuerpo de rojo, y estuvimos listos para afrontar uno de los pasos más importantes, recibir el semen de los más sabios del grupo para adquirir su conocimiento. A mi me correspondió uno de los más jóvenes, que rondaría los 50 años, y fui desvirgado analmente por él. Aunque pueda parecer lo contrario, aquello para nosotros era un orgullo, y no pusimos ningún reparo. Confieso que yo incluso me masturbé mientras era penetrado, pues realmente estaba excitado con aquello.

El grupo de sabios no tardó demasiado en correrse dentro de los jóvenes, y nos masturbaron para conseguir nuestra segunda eyaculación, que fue echada de nuevo en el cuenco sagrado. Esta vez fue el jefe quien bebió el fluido, y los cuatro chicos tuvimos que succionar simultáneamente su pene para recibirlo.

Comenzábamos a estar exhaustos, y nos permitieron descansar unas horas, hasta que salió el sol. El amanecer significaba el nacimiento de la vida, y era el momento propicio para nuestra desvirgación con una adulta. Lo que llamará la atención al que no conozca a los Kunaim es la identidad de esta mujer, pues no era otra que nuestra propia madre. Las cuatro subieron al podio, y comenzaron a estimularnos hasta que estuvimos convenientemente excitados. Aun así, su trabajo acababa ahí, y se tendieron en el suelo para recibir a sus hijos.

Aun recuerdo la dulzura que vi en los ojos de mi madre, orgullosa de ser quien recibía por primera vez a su propio hijo. La sensación era inenarrable, el placer del primer sexo sumado al orgullo de ser plenamente un miembro del grupo. Yo no tardé en correrme en su interior, y creo que ni Kopei ni Raomé aguantaron más de cinco minutos bombeando. Yukih tardó algo más, pues según me explicó después, aun le dolía mucho el ano tras las brutales envestidas de su desvirgador.

Ya habíamos completado nuestro paso a la vida adulta, y nuestras pinturas corporales así lo reflejaban una vez terminada la ceremonia oficial. Los cuatro niños convertidos ya en adultos fuimos agasajados durante varios días, y creo que pasaron por mi cama más de diez mujeres y otros tantos hombres. Todos se peleaban por tener sexo con nosotros, todos querían que adquiriéramos experiencia lo antes posible. Es imposible saberlo a ciencia cierta, pero es posible que aun deambule por el mundo algún hijo mío engendrado en aquellos días. Todos aceptaban a los hijos de su pareja como propios, y como era frecuente tener relaciones con cualquier miembro de la tribu, no se puede determinar quien es el padre biológico, a menos que se empleen técnicas médicas avanzadas.

Aquello de tener sexo a diario con apenas 13 años puede parecer estupendo para un adolescente del mundo occidental, pero nosotros no le dábamos tanta importancia, pues era una rutina como cualquier otra.

Sin embargo, fue poco después de la ceremonia cuando comenzó lo que provocaría mi huida. Los cuatro chicos que acabamos de pasar a la edad adulta seguíamos con nuestros juegos habituales, con la salvedad de que ahora el sexo estaba permitido. Solíamos masturbarnos juntos, ayudándonos unos a otros o incluso penetrándonos, sin darle mayor importancia. Era solo una forma de satisfacer una necesidad fisiológica, y experimentar nuestra recién estrenada sexualidad.

Pero todo se complicó una tarde, cuando Yukih y yo nos quedamos solos en su choza. Mantuvimos relaciones durante varias horas, pero no quedábamos saciados, como si en nuestra cabeza se hubiera establecido algún tipo de vínculo que nos impedía separarnos. A partir de aquel día, nuestras relaciones con otros miembros de grupo fueron decreciendo, hasta el punto de solo tener sexo entre nosotros. Nos entendíamos a la perfección, sabía llevarme al éxtasis cuando y como él quería, y yo le correspondía provocándole interminables orgasmos.

No obstante, no tardamos en comprender que aquello iba más allá del sexo y la amistad, y que aquello no nos causaría más que problemas. En cierto modo era hipócrita, pues las relaciones homosexuales estaban permitidas, pero aun así todos los hombres debían formar una familia con una mujer para asegurar la continuidad de la tribu. Ni Yukih ni yo estábamos dispuestos a pasar por eso, y mantuvimos nuestra relación en secreto durante cerca de tres años. Para entonces, más de uno sospechaba de nosotros, ya que casi siempre declinábamos las invitaciones de tener sexo con otros del grupo.

Fue el malnacido de Kopei quien nos delató, cuando ambos rechazamos su polla en repetidas ocasiones. El jefe de la tribu nos hizo llamar, y fuimos condenados por nuestra osadía. A Yukih le sentenciaron con la pena más grave, al ser considerado el alentador de nuestra relación, y mi castigo fue darle muerte con mis propias manos. No tuve más remedio que cumplir la pena, pues mi familia estaba amenazada si no lo hacía. La expresión de Yukih mientras le estrangulaba fue lo más desgarrador que he sufrido en mi vida (de hecho aún hay noches que me despierto recordando sus gritos ahogados). Sus ojos querían decirme: "no te preocupes por mí, lo importante es que tu sobrevivas a esto por los dos". Aun a riesgo de ser ejecutado también, le besé en los labios por última vez antes de que expulsara su último aliento.

Una vez quedé libre, eché a correr, y no paré hasta llegar una semana después a Mileport, donde pude embarcar a hurtadillas en un mercante con destino a Melbourne. Llegar al mundo civilizado en aquellas circunstancias fue impactante, pero todo eso quedó eclipsado por la atrocidad que había sido obligado a cometer.

Y a partir de aquí, el resto es historia. En el puerto de Melbourne fui interceptado por las autoridades locales, quienes me mandaron a un centro de reclusión de menores. El caso salió en periódicos de todo el mundo, "Un salvaje en Australia" llegó a titular alguno. Con el paso de los años, me fui volviendo plenamente occidental, y muchos de los que hoy tratan conmigo a diario conocen de donde provengo, aunque a primera vista paso perfectamente por un australiano m

Solo hoy, cuando el fin de mis días está próximo, me he atrevido a hacer pública mi historia. De nada sirve ya, pues los Kunaim que aun hoy sobreviven a orillas del río Riann apenas conservan este tipo de ritos y son solo un recurso turístico más para la isla.

Ni siquiera hoy, que el cáncer se extiende irreversiblemente por mi cuerpo, he sido capaz de perdonar a aquellos que me obligaron a cometer la más horrible de las acciones que puede realizar un hombre. He vivido atormentado todos estos años, y juré que nunca revelaría el brutal crimen que fui obligado a cometer y que cambió mi vida, pero tener la muerte tan cerca me ha hecho cambiar de parecer. Que la ira de todo el que conozca mi historia torture su alma hasta el fin de su existencia.

  

 

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