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ROMPIENDO MOLDES EL LIMPIA PISCINAS 2 Charly siempre lleva esas bermudas coloridas. Ese es su vestuario de trabajo: las bermudas estampadas y la camiseta de tirantes. Ésta le dura más bien poco en contacto con su cuerpo de adonis de caramelo. Casi por rutina, suele quitársela al poco de empezar sus labores de "depuración y pesca" en la piscina. Pero ahora la lleva puesta, blanco sobre marrón, tela contra piel... Cody se siente bastante orgulloso por cómo ha sabido jugar sus bazas con Charly, tal y como había previsto el viejo Alfredo. Ahora la pelota está en el terreno del limpiapiscinas, y será él quien decida si pueden ir más allá. Es demasiado evidente que el hijo de los Foster le ha estado lanzando indirectas muy poco sutiles. El trabajo de Cody ya está hecho; si Charly realmente quiere algo con él, ya sabe que se lo va a poner muy fácil. -Hemos llegado, chaval. Si has hecho pellas en la escuela, como creo que has hecho, más vale que te escondas para que no te vean las chicas del servicio. -Gracias por traerme, Charly -el chaval remarca el nombre que ha inventado para él. -No hay de qué, colega -le sonríe, indiferente-. Pero ahora me temo que no voy a poder seguir charlando aquí, contigo -el joven baja de la ranchera, la rodea por delante y atrapa su bolsa de deporte del remolque; también la mochila escolar del chico, que le pasa a él en cuanto baja también del vehículo-. Me ha alegrado poder charlar contigo. La verdad es que pensaba que eras de otra forma. -Pues tú has resultado ser tal como te imaginaba -es la respuesta de Cody. Pero Charly no se detiene a analizarla. Ajusta la puerta de la ranchera con un fuerte empujón, y se encamina hacia la zona trasera de la mansión, donde se encuentra la caseta de mantenimiento. A los tres o cuatro pasos, lo suelta sin girarse: "Nos vemos, Kenny", y Cody nota que su estómago hace vuelcos y brincos sin control. Observa el contoneo chulesco de ese culo que se intuye generosamente carnal, y se siente preso de un deseo superior. Tiene que decir algo. No puede permitir que esa escena acabe tan pronto, con esa especie de fundido en negro que daría paso al siguiente capítulo de la historieta. Así que se echa la mochila a la espalda, y sigue los pasos del portorriqueño hasta colocarse a su altura, arrastrando la americana por el empedrado suelo. Charly le mira de soslayo, como si empezara a intuir que en la actitud del chaval hay algo que merece ser analizado; se detiene casi en seco. A tres o cuatro pasos por delante está la caseta de mantenimiento. A dos por detrás ha quedado el joven y extraño Foster. El atractivo moreno se gira, observa con detenimiento la figura de Cody, desgarbada y con la camisa blanca completamente abierta, y después sonríe, porque tampoco le va la vida en ello. Charly se vuelve de nuevo hacia la caseta, y enseguida su cuerpo se pierde tras la puerta de entrada, dejando al joven Foster flotando en un mar de sensaciones extremas. "¿Por qué no entro con él?", se pregunta. "¿Qué es lo peor que puede pasar, que me eche a empujones, que me diga que le deje en paz? Yo soy el puto señorito, como ha dicho Alfredo. No creo que se atreva a tratarme mal", se debate el chico entre sus lógicos temores y la necesidad de que aquella realidad alcance nuevas metas. De modo que sus pasos le llevan hasta la puerta entornada de la caseta; la empuja con suavidad y se encuentra con la sonrisa poco sorprendida de Charly. El joven limpiapiscinas ha tirado su macuto al suelo. Cody deja caer su mochila y su americana, y ajusta la puerta a su espalda. Las miradas de ambos parecen estar manteniendo una animada conversación. "¿Necesitas algo?", le pregunta Charly. -No, sólo me estaba preguntando si... -¿Si qué? -Bueno... -Cody finge buscar las palabras adecuadas; en realidad lo tiene muy claro-. Verás, es que yo nunca he... nunca he besado a un chico, ¿sabes? -Pues ya somos dos. -Ya, pero me resulta complicado saber lo que siente mi personaje... -¿Kenny? -Sí. Saber lo que siente cuando besa al socorrista. -¿Acaso me estás pidiendo que te bese, Foster, que te haga el boca-a-boca? "¿Lo harías?", la vocecilla de Cody se ha convertido en un susurro casi suplicante. "Tal vez, pero sólo por ayudarte con tu cómic", le responde. "¿En serio lo harías?", el muchacho se muestra incrédulo. La mirada de Charly no ha perdido ni un ápice de viveza, ni siquiera mientras avanza un par de pasos muy lentos: "Sólo para ayudarte...", le susurra, muy cerca ya, invadiendo incluso su espacio vital. Las manos de Charly alcanzan las mejillas de Cody, que las nota sobre su tembloroso rostro. Aquel joven semental latino ha puesto sus rudas manos sobre su preciosa cara de niño rico californiano, y sólo eso es suficiente para que la entrepierna de Cody Foster de un brinco. Para cuando siente que aquellos labios carnosos entran en contacto con los suyos, el mundo real se desvanece a su alrededor. Vuelve a estar en el cómic. El socorrista le está insuflando aire a sus pulmones, luego intuye la lengua áspera atravesando la barrera de sus dientes. ¡Qué lengua tan caliente le entrega aquel cabronazo, qué manera más ardiente de juguetear dentro de su boca pasiva! Las manos de Cody se atreven a moverse hasta la cintura de Charly, a subir ligeramente la camiseta de tirantes del joven y palpar con suavidad el elástico de las bermudas coloridas. El portorriqueño le saca tres o cuatro dedos de altura, por eso le sujeta de la nuca mientras él eleva un poco la cabeza. El muy cabrón le ha mentido: no es la primera vez que besa a otro chico; la soltura del limpiapiscinas morreando su boca hace pensar que lo ha estado haciendo toda la vida. Y Cody se deja llevar. ¡Sí, lo hace! Quiere tocar piel, que las yemas de sus dedos recorran muy lentamente la espalda de Charly, que lleguen hasta donde dure el beso, que sea el otro quien le frene. Pero al joven moreno no parece disgustarle sentir las nerviosas manos de aquel adolescente en contacto con su espalda. Es más, le facilita las cosas avanzando un pasito, moviendo su cabeza para atacar la boca del chaval desde otro ángulo; ahora se la come, la devora, la disfruta. Agradece que el hijo de los Foster no se haya quedado pasivo. Ni siquiera le perturba que las manos se hayan deslizado por dentro de sus bermudas y que ahora aprisionen sus duras nalgas. Charly es consciente de que va a empalmarse en breve, que la piel y el contacto humano (venga de donde venga) es demasiado excitante como para no despertar nada en él. Siente que su rabo dormido va a emerger bajo las bermudas de un momento a otro si no lo remedia. Pero la pasión que aquel chaval le está poniendo a ese simple "beso de ayuda" le impide pensar con claridad. A Cody se le ha puesto dura casi al instante, y quiere que Charly lo pueda notar con la presión que ejerce con las manos sobre su culo macizo; sí, él mismo le está atrayendo sin que el moreno oponga resistencia alguna. ¿Por qué no le detiene? ¿Hasta dónde le va a permitir que llegue? Mientras no sienta reticencias por su parte, no va a ser él quien corte aquel momento. Se oye un leve jadeo cuando las manos de Cody lo atraen hasta el impacto fatal. El chaval se ha atrevido a ir más allá, y ahora es evidente que ambos están duramente excitados. Charly no se corta: empieza a frotar acompasadamente sus bermudas contra los pantalones oscuros del uniforme de la escuela Eton. La polla de Foster se intuye bien erguida bajo la ropa, y con las friegas consigue que la suya alcance su límite de dureza extrema. Las manos de Cody están subiendo por su espalda, llevándose con ellas la camiseta de tirantes. Cuando levanta los brazos y separan sus labios para quitársela, puede ver claramente la mirada de felicidad y éxtasis del muchacho. -Eres tan perfecto como siempre te he dibujado... ¿A quién no le gusta sentirse deseado? Charly lanza su camiseta lejos, y empuja al chico contra la puerta, sólo para comerle la boca con más pasión si cabe. Lo arrincona contra ella y le atrapa como si no quisiera que escapase de entre sus brazos. ¡Como si Cody quisiera escapar! El muchacho sólo desea más. Se deja embestir contra la madera de aquella puerta, y aprieta con sus manos el culo del limpiapiscinas para notar que aquella polla que esconden las bermudas se ha puesto terriblemente dura sólo para él. El sudor cae a chorros por su frente y por su espalda; esa caseta de mantenimiento es demasiado pequeña y poco ventilada para la escena que se desarrolla en su interior. -¿Por qué no subes a mi cuarto? -propone el chaval entre suspiros. -¿Acaso quieres enseñarme tu cómic? -Sí -Cody desliza sus manos por la cintura del moreno hacia adelante-. Y quiero ver lo que no he visto. Dibujar lo que siempre he deseado tener cerca. -Si me metes en tu habitación, Foster, no respondo de lo que vaya a pasar. -Nunca había visto una polla tan perfecta -Cody ignora el comentario de Charly, mientras su mano se ha apoderado del sexo de aquel semental latino-. Quiero memorizar cada centímetro... -¿Estás seguro de lo que quieres hacer, chaval? -Sube conmigo, Charly. Ayúdame a concluir mi cómic. Como toda respuesta, el joven se engancha de nuevo a él, le coge del pelo y empieza a beber de sus labios húmedos como si acabara de descubrir el elixir de la felicidad en la boca de aquel jodido niño de papá. Cody Foster sabe que no lo está soñando. Es consciente de que en las fantasías no se oyen jadeos ni suspiros tan reales como los que emite Charly cada vez que él presiona su polla con algo más de fuerza. La caseta de mantenimiento se les ha quedado pequeña, pero primero tiene que salir él. Le cuesta horrores separar su cuerpo sudado de la piel morena de aquel potente semental. Lo hace empujándole de los hombros hacia atrás. -Dame cinco minutos, Charly. Me aseguraré de que Graciela no está por ahí correteando, y si no he vuelto en ese tiempo, puedes entrar tranquilamente en la casa. Te dejaré la terraza trasera abierta. -¿En serio me vas a abrir "la terraza trasera de tu mansión"? -el moreno sonríe, se le arramba de nuevo y le palpa las nalgas por encima del sobrio uniforme de la escuela Eton para adolescentes de Huntington Beach-. ¿De verdad vas a abrirla para mí, Foster? -Joder, Charly, me vas a volver loco... Cody suspira, como si estuviera a punto de correrse. Le encanta que ese tipo tan increíblemente atractivo tenga, además, sentido del humor. Y que le toque el culo como si quisiera apoderarse de él; por supuesto que está dispuesto a entregárselo. Se dejará follar por Charly si eso es lo que él quiere. Se convertirá en lo que aquel surfero quiera que sea, todo por tal de tenerle cerca y disfrutar de él. "Una de dos, Charly: o me dejas salir, o me follas aquí mismo...", le susurra en el oído, mientras el limpiapiscinas le chupa el cuello. Éste retira sus manos lentamente, vuelve a besar al chico, le acaricia la cara y le dice que se vaya, que él enseguida le sigue. -Esperaré hasta que se me baje un poco el calentón, ¿vale? No quiero que las criadas de los Carter me vean pasear empalmado por ahí. -Prométeme que no te vas a echar atrás -le pide Cody. -Sólo si tú me prometes abrir tu "puerta trasera" para mí... Eso es más que suficiente para el joven Foster. Se asoma al pequeño ventanuco de la caseta, descorre la tupida cortina y comprueba que no hay nadie a la vista. "Te espero arriba", le dice, tomándose la confianza de robarle un beso fugaz. "Ve preparando el cómic", propone el latino, sonriendo de un modo complacido.
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Han pasado bastante más de cinco minutos, pero lo primero que ha hecho Cody, nada más entrar en su cuarto, ha sido asomarse a la ventana y quedarse inmóvil allí hasta comprobar que Charly sale sigilosamente de la caseta de mantenimiento, y la rodea para encaminarse a la terraza trasera de la mansión de los Foster. Las 17 láminas de dibujo están esparcidas por el suelo cuando la puerta de la habitación se abre y el moreno se asoma por ella. Se cruzan una sonrisa cómplice; Charly ajusta el pasador para evitar contratiempos inesperados, y Cody le espera semitumbado sobre su cama. Plantado en mitad del cuarto, colocándose en cuclillas para verlas mejor, el joven latino se entretiene en contemplar aquellas viñetas tan perfectamente dibujadas. -Son una pasada, colega. Eres un puto artista. -No es para tanto. Lo que pasa es que me fijo en los detalles. -Ya me he dado cuenta, ya. Y no pierdes ocasión para hacer que se me marque un buen paquete... "Así es como yo te veo", le dice Cody, que se siente seguro dentro de aquel cuarto. Es su fortaleza privada e inexpugnable, pero no le molesta lo más mínimo compartirla con aquel adonis color caramelo. Charly se pone en pie, mirándose a sí mismo: "¿En serio me ves así? Ahora la tengo aún un poco morcillona, pero no creo que luzca tan bien como me la pintas. ¿Y qué me dices de la viñeta 15?", se agacha para cogerla y mostrársela al chico desde esa misma posición. "Kenny lleva un bañador muy pequeño y ajustado, pero veo que con él también has sido generoso", sonríe. -El verano pasado hice un curso de natación avanzada. Aún conservo ese speedo negro. -Pues es una pena que yo no tenga unas bermudas rojas, porque podríamos hacer realidad la fantasía de tu cómic -le guiña un ojo al chaval. -Si es por eso... Mi padre tiene un bañador de ese color. Lo conserva desde que produjo algunas temporadas de "Los Vigilantes de la Playa". -Venga ya, me estás tomando el pelo. -Te lo juro, tío. Ya verás... Cody se levanta de la cama y pasa junto al moreno, que se lo queda mirando desde la posición de cuclillas, contemplando cómo sale de la habitación. Para cuando vuelve, Charly se ha sentado junto a las láminas de dibujo. Parece realmente fascinado por la calidad y el morbo que desprenden esas imágenes. "¿Lo ves? Incluso tiene el logo de la serie", el chaval se lo muestra orgulloso mientras el joven latino se pone enseguida de pie, caminando hacia aquellas bermudas rojas. "¡Qué fuerte! La de pajas que me habré hecho deseando ser uno de aquellos tíos para cepillarme a Pamela Anderson", se ríe, casi nostálgico. -¿No pasará nada si me las pongo? Son una auténtica reliquia. -Por mí, como si te quieres mear en ellas -se las entrega Cody-. Voy a ver si encuentro mi speedo de competición. Mientras se afana en rebuscar por el interior de su enorme armario empotrado, Charly se ha quedado en mitad de la estancia, con las bermudas rojas en la mano, tal vez recordando aquellos tiempos de adolescente pajillero, o quizá incapaz de creerse lo que está a punto de pasar. Cody ya no se hace demasiadas preguntas. Es consciente de que jamás imaginó que iba a resultar tan sencillo tener a su alcance aquel macho tan especial, pero prefiere no darle muchas vueltas. ¿De qué le sirve preguntarle si es gay, si se lo monta con tíos, o si simplemente está realizando la buena acción del día? Desea ser poseído por aquella ardiente presencia, y cualquier otra "banalidad" carece de importancia en ese momento. "¡Aquí está! Míralo, es idéntico al que le he dibujado a Kenny", cuando se gira, Charly ya no lleva sus bermudas floreadas, si no las rojas que formaron parte de aquella serie mítica. "¿Crees que me sientan igual de bien que al socorrista de tu cómic?", se regodea el moreno, vacilón. Cody afirma con la cabeza: "Por supuesto que sí... Está claro que eres tú, y que a nadie más podrían quedarle tan perfectas esas bermudas". Charly se acerca un poco al muchacho, y le separa unos pasos de los dibujos esparcidos por el suelo. "Déjame que te ayude", le susurra, haciendo deslizar por sus brazos la camisa blanca desabrochada hasta caer al suelo, y enseguida dirige sus manos al cinturón. Cody se siente muy inferior en cuanto a condiciones físicas, aunque nada en el limpiapiscinas indique que eso sea un problema. El torso de Charly parece esculpido sobre una roca maciza, y el suyo es blanquecino e imberbe. Pezones rosados sobre su piel pálida, como si se hubiera escondido del Sol durante todo el pasado verano. De hecho, eso es lo que ha estado haciendo, huir de la realidad, observar sus fantasías desde una ventana con vistas a la piscina. La sonrisa del moreno ataja cualquier pudor en Cody. El cinturón se suelta con facilidad de sus pantalones, y pronto nota aquellas manos recias tratando de desabrochar el botón; luego bajando la cremallera, la prenda empezando a deslizarse entre sus flacuchas piernas. El joven Foster se arranca prácticamente los zapatos de los pies y éstos vuelan hasta un rincón de la habitación. Ya no queda ni rastro del uniforme de la escuela Eton sobre su lechosa piel. El contraste nata-chocolate de sus respectivos cuerpos salta a la vista de un modo poderoso. Los muslos de Charly parecen inflados bajo la tela roja ajustada a ellos; en cambio, las piernas de Cody son como dos palillos huesudos y cubiertos de un fino vello dorado. La única semejanza entre ambos, aparte de la de estar allí con las mismas intenciones, es que la escasa ropa que aún les cubre está notoriamente abultada. Los calzoncillos largos y sobrios del chaval no resultan demasiado excitantes, pero eso es lo que van a solucionar enseguida. Él sigue en pie, dejándose desnudar por Charly. "Seré lo que él quiera que sea", se ha dicho a sí mismo en la caseta, y eso es precisamente lo que le hace mostrarse pasivo. El moreno le rodea, mientras Cody ha levantado los pies para deshacerse de los anti estéticos calcetines negros. Cuando la respiración del latino se mece en su nuca, siente que todo su vello se eriza como si formara filas para ir a la guerra. Las manos posadas sobre su holgado calzoncillo, éste descendiendo, un aliento cálido recorriendo el final de su espalda... Eso son cosas casi imposibles de trasladar a un cómic, y sin embargo Cody siente que ambos forman parte de uno. El mejor que nunca será capaz de dibujar. A Charly le despierta una tierna sonrisa la visión de aquellas dos nalgas blancas y pequeñas, casi metidas para adentro, nada que ver con los dos balones macizos que conforman su propio culo. Pero sonríe; las lame con dulzura, como si creyera que va a hallar en ellas algún sabor exótico, algo más que el salino aroma del sudor que huye por los poros de ese trasero adolescente. No se adentra demasiado en profundidad, pero si recorre con su lengua la obertura de aquellas nalgas. Sabe agrio, como si las hormonas teenager de Cody se concentraran alrededor de aquella raja casi imberbe. Maneja los glúteos con ambas manos, y la punta de su lengua acaricia el orificio allí enclaustrado. Cody no puede seguir manteniendo su pasividad; está sintiendo demasiado placer como para continuar con los brazos caídos a lo largo de su cuerpo. Casi resistiéndose, empieza a acariciarse el abdomen y el vello púbico. No se quiere tocar la verga, desea que Charly sea el primero en hacerlo. Agarra sus propias nalgas y las abre con fuerza, al tiempo que inclina su cuerpo hacia adelante. El moreno se lo agradece con un lengüetazo salvaje, casi perforador. Los bordes del agujero se contraen y expanden a su voluntad, lubricados por la saliva que Charly les regala. -No quiero follarte aún -susurra el latino. -No, claro que no. Sólo quería ponértelo fácil... -Pero lo haré, Foster -se ha vuelto a poner en pie-. No te quepa duda que lo haré. Charly saca el diminuto speedo que había guardado en el bolsillo de las bermudas rojas, y acaricia con él la espalda del muchacho. Es un contacto suave, tan relajante como estimulador. Por supuesto que el joven Foster está deseando ser empalado por aquella máquina de joder, pero no tiene prisa alguna en concluir. El joven latino se ha vuelto a agachar, y ahora muestra el pequeño bañador abierto para que Cody pueda meter sus pies en él. Luego empieza a ascender con absoluta traquilidad, como si estuviera trazando una línea recta sobre las delgadas piernas del muchacho con la tensa goma de la prenda. Las manos de Charly cubren el culo del chico con el elástico negro. Enseguida se mueven por el costado y llegan hasta la polla de Cody. "Va a ser complicado meter todo esto dentro del bañador", le susurra en el oído, sabiendo que eso no va a ayudar en absoluto a que aquella estaca de carne pierda su dureza. Muy al contrario, el glande parece a punto de estallar, el nabo brinca por sí solo sin necesidad de ser rozado. El latino atrapa el cimbrel del chaval con una mano, lo aplasta hacia un costado y sobrepone la tela del speedo como barrera de contención. Las bermudas rojas se pegan a su culo, mientras Cody recibe las caricias de Charly sobre su estómago y su pecho. Levantando los brazos, el joven Foster atrapa el escaso pelo del limpiapiscinas; gira la cara para ser besado por encima de su hombro. El inicio de ese morreo parece darle pie para enfrentarse finalmente cara a cara con su deseo. Un intercambio de ardiente humedad que podría haber durado horas (intensas y agotadoras), de no ser por los ruidos y voces que se escuchan de repente al otro lado de la puerta. "¡Mierda!", maldice Cody su mala suerte. Aún no sabe de quién provienen aquellas voces, ha sido demasiado inesperado para haberlo previsto. Charly y él se miran, y los ojos de ambos se muestran ciertamente preocupados. "¿Quién es?", susurra el moreno. Sus pollas parecen a punto de estallar, se ha atrevido a enrollarse con alguien que nunca habría imaginado: chico, menor de edad, hijo de sus jefes... Y sin embargo, le está deseando como nunca pudo intuir. Si no fuera por el peligro que para él entraña ser encontrado practicando sexo con un adolescente, hubiera seguido besando a Cody hasta la extenuación, sin importarle quién demonios pudiera haber al otro lado de la puerta. "No sé", el chaval se encoge de hombros, "tal vez se vayan enseguida". Porque se escucha más de una voz. Los dos jóvenes ni siquieran se han separado, sus cuerpos se mantienen a la expectativa, preparados para reaccionar de inmediato ante cualquier nuevo sobresalto. "Creo que es mi padre", dice Cody, frunciendo el ceño sin comprender nada, agachándose con cuidado de no hacer ruido, tomando el pantalón del uniforme de la escuela con una mano, la camisa con la otra. No le da tiempo a meter el segundo brazo, ni a Charly quitarse del todo el bañador rojo, que unos nudillos potentes empiezan a golpear la madera con rudeza. -¡Cody, abre la puerta! -vocifera Mike Foster, recibiendo un rotundo silencio como respuesta-. ¡Vamos, Cody, no me hagas perder la paciencia, que sé perfectamente que estás ahí!
Continuará... |
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