JUGANDO CON NANDO

Descubrí el sexo demasiado pronto.

Con apenas doce años, humedecí por primera vez el alucinado rostro de Mickey Mouse adherido a mi pantalón de pijama. Algo más que simples fluidos fue lo que se escurrió aquella noche calurosa por entre mis piernas. Se esfumó también la posibilidad de vivir una adolescencia corriente.

Descubrí el ilimitado poder del sexo demasiado pronto.

Supe enseguida de las armas con las que contaba: mi corta edad, mi supuesta inocencia, mi enfermiza tenacidad, una increíble falta de escrúpulos y, sobretodo, eso que colgaba entre mis piernas. Supe que la Naturaleza había sido buena conmigo, que me había dotado generosamente para la batalla que tendría que librar.

Huérfanos desde más allá de cuanto recuerdo, junto con mi hermana Marta, tres años mayor que yo, habíamos quedado al cuidado de nuestro tío Juan Luis. Era, y es aún, un buen hombre que se vio obligado moralmente a hacerse cargo de los hijos de su hermana cuando ella y su marido murieron en un accidente, pese a que había sido incapaz de mantener a su lado a nuestro primo Juanlu, su propio hijo, que se fue a vivir con su madre tras la separación. Y es que nuestro tío descubrió demasiado tarde su homosexualidad, al contrario que yo, que tal vez porque aprendemos por imitación, la descubrí demasiado pronto.

Sí, también descubrí la irresistible influencia que el aroma masculino ejercía sobre mí demasiado pronto. Luego empezó mi vida como Nando Losada, y para entonces ya no hubo marcha atrás.

Lo que sigue puede que no sea agradable de leer. Tal vez me rinda en exceso a los detalles escabrosos, quizá resulta inconcebible o abominable para las mentes puras de esta generación; pero es mi historia, la que he vivido día tras día, la que me ha llevado a convertirme en quien soy. Al escribirla, tan solo espero ser capaz de reconocerme en ella.

Fue una época brutal en cuanto a intensas sensaciones, y ahora que todo ello ha llegado a su fin, sólo me queda el doloroso placer de recordarlo, narrarlo, paladear el amargo regusto a victoria que aún ondea a mi alrededor.

Y si además consigo responder a la pregunta que me atenaza desde hace unos días, daré estas palabras por muy bien empleadas. Es una pregunta simple:

"¿Qué puedo hacer ahora?"

 

..........

 

-Joer, primo, ¡menuda picha tienes pa lo canijo que eres...!

No creo que aquella frase marcara un antes y un después en mi vida, pero sí fue ésta la primera vez que alguien alabó mis atributos sexuales; y sólo tenía trece años. Juanlu tenía aquel verano dieciséis y medio, y nunca antes nos habíamos visto desnudos. Él tal vez me viera cuando aún era un bebé y mi madre, de la que no tenía ningún recuerdo en mi cabeza, me cambiaba los pañales. Pero desde que empecé a tener conciencia de que el mundo no giraba a mi alrededor, nunca antes habíamos estado mi primo y yo desnudos en la misma habitación.

Bueno, miento. Él sí se había desnudado frente a mí en algunas ocasiones, pero nunca sabiendo que yo le espiaba desde mi cama, con los ojos entrecerrados, ansioso por la llegada del momento en que los calzoncillos abandonaban el calor de su entrepierna, y me podía deleitar con una imagen que me acompañara después, durante muchos momentos de onanista calidez.

-No seas crío, Nando, que sólo es un piropo.

Pero aquella tarde me comporté como el niño que mentalmente aún era. Medio avergonzado, me giré y le di la espalda a Juanlu mientras me acababa de colocar el bañador. Un bañador demasiado pequeño que empezaba a reclamar un cambio, tal vez ser sustituido por una de esas bermudas que mi primo se ponía.

Cuando él salió del cuarto de baño de la planta baja de casa de nuestros tíos Paco y Aurora, el rubor ya había alcanzado de lleno mis mejillas. Me miré en el espejo de cuerpo entero que mis tíos tenían cerca de la bañera (siempre me pregunté qué utilidad tendría allí aquel espejo), y la imagen que desde allí se me devolvió fue la misma que tantas otras veces. Un bañador abultado. Sí, puede que demasiado abultado, pero yo suponía que el único motivo era que llevaba desde los diez años con él. Ahora, tras las palabras de mi primo, tan solo podía pensar en que necesitaba cambiar de bañador...

Aquella tarde estaba casi toda la pandilla de Salinas al completo.

Sólo coincidíamos en verano y en Semana Santa, aunque algunos vivían allí durante todo el año. Era el caso de Damián, un muchacho de piel muy morena que vivía justo en la casa de enfrente de nuestros tíos. Mi hermana Marta estaba loca por él desde niña, pero nunca había tenido la oportunidad de acercarse de otro modo que no fuera como "amiga de verano".

A ese chico, que como todos los demás a excepción de Mario, era de la misma quinta que mi hermana, le había descubierto el increíble potencial seductor ese mismo verano, al tercer día de estar en Salinas. De buena mañana, desde la ventana del cuarto de baño de la planta superior de la casa, le pude ver saliendo a su jardín en calzoncillos. Sin despegar la nariz del cristal, apartando apenas unos centímetros la cortina, le observé pasear descalzo sobre la hierba, jugueteando con su perro, y enseguida vi en él lo que hasta entonces me había pasado inadvertido. Muy oscuro de piel, en claro contraste con aquel calzoncillo tan blanco y bien relleno, y con un cuerpo delgado y fibrado. Le vi sentarse en el césped, con las piernas ligeramente abiertas, y el chucho olisqueándole. Noté que Damián sonreía con curiosidad mientras el animal le plantaba la narizota entre las piernas.

Hacía ya unos meses que me había empezado a asaltar en nuestra casa de Madrid una morbosa curiosidad por el olor de la ropa interior masculina. Como si fuera una especie de fetiche, cuando ya mi propio olor dejó de resultarme entretenido, de vez en cuando iba hasta el cubo de la ropa sucia y me agenciaba alguno de los calzoncillos usados de mi tío Juan Luis. Eran holgados y aburridos, de colores sobrios, nada emocionantes, pero me los colocaba bajo la nariz, y jugaba de husmear la procedencia de aquella mezcla de aromas. Había algo en toda aquella ceremonia que me resultaba embriagador, algo así como un disparo de adrenalina. Saber que estaba actuando a escondidas, pensar que me pudieran pillar y aún así disfrutar de una acción incorrecta... A veces, con una emoción desaforada, me quitaba mi propia ropa, y me colocaba la prenda de mi tío, con mis cinco sentidos despiertos por la excitación del momento. Sólo eran unos segundos en que mi piel y mi sexo entraban en contacto con aquella tela, pero los disfrutaba simulando ser él, sintiéndome adulto, grande y poderoso.

Sí, Damián sonreía por el inofensivo ataque de su perrito, y siguió sonriendo en mi cabeza cuando cerré los ojos y deslicé una de mis manos bajo el pantalón del pijama, que ya no era de Mickey Mouse. Mi desbordante imaginación me convirtió entonces en ese chucho con la lengua fuera, lamiendo aquel blanco calzoncillo como si fuera el envoltorio de un caramelo de dulce chocolate.

Cuando abrí los ojos, Damián ya estaba otra vez de pie, sacudiéndose la tierra del culo, ajeno por completo a mi lascivo puesto de vigilancia y al descubrimiento que había hecho en él aquella mañana. Entró en su casa con absoluta naturalidad, dejándome encendido y a medias.

Ahora podía comprender mucho mejor el hecho de que Marta hubiera estado loca por aquel ejemplar masculino desde niña.

 

.........

 

Decidí dejar de mirarme en el espejo del cuarto de baño, pues con cada segundo que pasaba, más vergüenza sentía por tener que presentarme con aquella penosa indumentaria frente a toda la pandilla. Era el primer baño del grupo aquel verano. Mi tía Aurora no nos dejaba invitar a la piscina a los chicos de la pandilla hasta agosto, que era cuando Juanlu venía de Galicia, para pasar con su padre todo el mes de vacaciones. Marta y yo llevábamos en Salinas desde finales de junio, y yo me había dado diariamente mis chapuzones reglamentarios con total impunidad, sin ser consciente de lo realmente ridículo que se me veía con aquella estúpida prenda. Los dos cordoncitos azul marino que caían hacia adelante no ayudaban lo más mínimo a sentirme más seguro.

-Ey, tú, chaval, ¿puedo entrar a mear, o te la estás cascando?

El imponente vozarrón de aquel tío de dieciséis años que respondía al nombre de Ramón, y que bien aparentaba ser mayor de edad, hizo que sintiera de repente mi bañador mucho más pequeño; casi invisible. Todo se agrandó a mi alrededor; las paredes se ensancharon, la taza del váter se transformó en un enorme contenedor, incluso yo me hice gigante, pero el bañador siguió el camino a la inversa, se empequeñeció hasta convertirse en un diminuto botón que apenas me cubría las vergüenzas...

Ramón me iba a humillar, sin lugar a dudas, y mucho más de lo que inconscientemente me había humillado mi primo Juanlu. Ese era el estilo de aquel bestia. Ramón también vivía todo el año en Salinas, pero él era de SaliMar, la zona costera, al otro lado del bosque. Era el compañero de batallas de Félix, otro capullo de campeonato. Los dos solos se bastaban para hacernos desgraciados a mí y a Mario, hermano pequeño de Félix, el otro benjamín de la pandilla. Tanto Mario como yo sabíamos que nos toleraban en el grupo porque éramos "hermanos de...", pues de otra manera nunca nos dejarían estar con ellos. De todas formas, para el modo en que aquellos dos cabrones nos trataban, a veces casi parecía preferible no pertenecer al grupo.

Ramón, además, me tenía una manía especial, pues él y Juanlu no se llevaban demasiado bien, y como mi primo siempre salía en mi defensa y se enfrentaba con él, eso hacía que su odio hacia mí se incrementara verano tras verano. Tal vez no fuera aquella tarde el mejor momento para empezar a plantarle cara, pero sí me había planteado durante esos días que no iba a seguir dejando que me avasallara, que yo ya tenía la edad suficiente como para defenderme de sus ataques vejatorios e indiscriminados.

En décimas de segundo, traté de calcular las posibilidades que tenía de escapar a ese incómodo encuentro en el cuarto de baño, pero su pregunta aún flotaba en el aire cuando le dije que no me la estaba "cascando", con una vocecilla ingenua que no me iba a hacer ganar puntos.

-¡Pues desaloja, colega! -abrió la puerta de un empujón, aunque por suerte yo no estaba cerca de ella.

-¿No puedes esperar a que acabe? -quise imponerme, mirando con cierto aire de reprimenda hacia el lugar en el que la puerta había golpeado la pared demasiado bruscamente.

Ramón se quedó en silencio, lo que no podía ser buena señal.

Hubiera preferido que me arrinconara contra la pared, como tantas otras veces, y me dijera, entre los salivazos que escapaban de sus labios cuando se ponía violento, que no le tocara "las pelotas", que me iba a partir la cara si me hacía "el niño listillo y repelente". ¿Qué le frenó en aquella ocasión? No cabe duda que fue la visión de mi ridículo bañador, pues sus ojos estuvieron un par de eternos segundos fijos en él. Quizá hubiese parecido demasiado marica para él echarse sobre mí del mismo modo amenazador que siempre, estando los dos sin camiseta y yo con aquello cubriendo mi entrepierna. Ramón, además, con todo el cuerpo mojado, incluyendo sus bermudas naranjas, que sí cumplían su función de bañador no abochornante.

-¿Qué es eso? -preguntó, como si no saliera de su asombro.

-Es un bañador, ¿tú qué crees?

-Por llamarlo de alguna manera, ¿no? -sin girarse, con su habitual actitud macarra, empujó de nuevo la puerta con la mano, cerrándose ésta a su espalda; eso sí era el síntoma de que nada bueno iba a pasar-. ¿No eres un poco mayor ya para seguir usando bañadorcitos de niño?

-No tengo otro -respondí, a la expectativa, sin parecer altanero.

-¿Qué pasa, que tu querido tío no tiene dinero para comprarte otro?

-No se lo he pedido -seguía intentando no mostrarme desafiante, pues era evidente que tenía las de perder con aquella mole tripona que me sacaba casi diez centímetros de estatura y todo un cuerpo de ancho.

-Pues podrías salir ahí fuera en pelotas, y te aseguro que resultarías menos patético...

-Déjame en paz.

Era el momento oportuno para dar por concluido aquel desagradable encuentro. Tal cual lo pensé, me encaminé hacia la puerta ajustada, teniendo para ello que pasar junto a Ramón. Claro que si él no consideraba que era el momento oportuno para dejarlo estar, la cosa cambiaba, y por eso me agarró del brazo con una de sus manazas.

-¿Te he dicho yo que te puedes largar? -autoritario e intimidante, empezaba a asomarse a aquella cara el auténtico Ramón; como no dudó en ejercer presión y clavarme los dedos, me tuve que conformar con dar un paso atrás, y mantenerme a la expectativa- ¿Verdad que no te he dado permiso, enano de mierda?

-No -agaché la cabeza, sumiso.

-¡Pues entonces no me toques los cojones! -entre dientes, accedió a soltarme el brazo, sabiendo como sabía que ya me tenía completamente atrapado sin necesidad de sujetarme-. Te he hecho una sugerencia, pringao, y lo mínimo que puedes hacer es seguir mi consejo y darme las gracias por preocuparme por ti.

-Eso no era una sugerencia -repliqué-. Era una tontería.

-¿Tú crees? -el muy cabrón se lo estaba pasando en grande- ¿Piensas que es mejor salir con ese taparrabos ridículo que salir en pelotas?

-No voy a salir ahí fuera desnudo -traté de mostrarme firme.

-¿Estás seguro de eso?

No era la primera vez aquel verano que Ramón insistía en desnudarme.

A principios de julio nos habíamos encontrado en aquel mismo cuarto de baño. Cuando los chicos de la pandilla jugaban un partidillo de fútbol o a cualquier otra cosa en la calle, aquel era el lavabo que mi tía Aurora nos dejaba utilizar, porque estaba en la planta baja de la casa y así no ensuciábamos el de arriba. Era también una tarde soleada como aquella, de esas en las que yo sólo podía desear que llegara agosto para recibir a mi primo Juanlu y que éste me permitiera jugar con los mayores. No había piscina aún, pero eso se sustituía por carreras, sudores, patadas, gritos y alboroto en una de las calles de SaliMont por la que apenas pasaban coches; la más adecuada para una tarde de verano jugando a fútbol con los colegas de la pandilla.

Yo había bajado a mear, aburrido como estaba de verles pasándoselo en grande, y cansado también de compartir protestas infantiles con Mario, la otra víctima de las dictatoriales normas que estipulaban Ramón y Félix, la primera de las cuales impedía "a los niñatos jugar con los mayores". Puede que el cabronazo de Ramón estuviera vigilándome todo el rato, porque aquello no fue una coincidencia, aunque él quisiera disfrazarlo como tal.

-Vaya, estás aquí...

Se había acercado sigiloso, por lo que mi sorpresa y susto fue aún mayor si cabe cuando abrió la puerta y ésta me dio en el culo, haciendo que el chorro se me disparara a discrección.

-Ya acabo -susurré, tratando de no despertar a la fiera.

Yo no sabía aún que la fiera llevaba más de media hora esperando el momento de buscar venganza por un desafortunado comentario que yo había hecho. Cuando Ramón se había acercado en busca del balón hasta donde estábamos Mario y yo agazapados, él nos había dado un collejón a cada uno sin motivo aparente. "Para que dejéis de mariconear, enanos", dijo con prepotencia. "Pues tú a ver si te duchas", solté yo, bajito. Como Ramón no se giró, di por hecho que no me había escuchado. "Ese tío apesta", insistí, provocando una sonrisa de complicidad en Mario. El incidente no había pasado de ahí, y di por hecho que ya no daría más de sí. Por supuesto, en el cuarto de baño comprobé que estaba equivocado.

-Así que apesto, ¿eh? -me dijo, los dos a solas; yo había acabado de mear y quería salir de allí cuanto antes, pero él tenía otros planes- ¿De verdad crees que apesto?

-A mí qué me dices...

Entonces me soltó un guantazo con el dorso de la mano, girándome la cara y provocando un súbito calor en mi mejilla.

-¿Te haces el listillo?

-Me has hecho daño... -casi sollocé.

-¿Te pasas de listo conmigo aunque no esté tu primo para salvarte el culo, basurilla? ¿Es que no has aprendido nada? -sus ojos parecían encendidos; aquel verano esa sensación parecía más intensa, pese a que su mirada fría siempre resultara atemorizante-. Dime, chaval, ¿crees que apesto?

-No -murmuré, sin convicción.

-Pues a mí me parece que sí lo crees. Y a lo mejor puedes hacer algo para que no apeste, ¿qué te parece?

-Sólo lo he dicho porque estaba enfadado.

-Uy, el niño estaba enfadado... -fingió una voz aguda muy ridícula, y después me cogió de la camiseta, me arrinconó contra la pared y me preguntó con cierto sadismo-: ¿Estás cagado de miedo?

-No.

-¿Ni siquiera te has cagado un poquito?

-No.

-O sea que tus calzoncillitos de niña no huelen a mierda, ¿verdad?

-No -insistí en mis negaciones, sin saber aún adónde quería ir a parar.

-¡Entonces me los vas a dar ahora mismo!

Traté de forcejear cuanto pude mientras él me cogía del cuello con una mano, y con la otra intentaba con éxito desabrocharme el botón de los vaqueros cortos.

-Me estás ahogando... -le imploré para que me soltara.

-¿Te vas a portar bien?

-Sí...

-¿Y me vas a dar tus braguitas como una niña buena? -insistió, dejando que su mano se fuera haciendo menos atenazante por momentos.

-Sí -suspiré.

-Eso está mejor.

Dejó de hacer presión, y mis ojos se llenaron de lágrimas contenidas que no se acabaron derramando. No pensaba darle el gusto de verme llorar.

Nunca había llegado Ramón tan lejos como aquella tarde en sus amenazas y vejaciones. Siempre había sabido frenar, o le había detenido alguien, antes de llegar demasiado lejos.

Mi mente, a los pocos segundos de que Ramón me echara del cuarto de baño con la humillación de haberle entregado a la fuerza mis calzoncillos, creó como por arte de magia a un personaje que no era yo. Se llamaba Nando Losada, eso sí, pero no era un crío llorón que se dejaba intimidar por los grandullones como aquella mole. Era un chaval listo y fuerte que llevaba gafas de Sol apoyadas sobre su pelo. No sé por qué, pero mi cerebro quiso creer que ese rasgo daba una dureza inusual a aquel personaje. Y en la película que se creó, aquel Nando Losada volvía a entrar al cuarto de baño y se enfrentaba a Ramón hasta dejarle hecho papilla. Viéndole sangrar por la nariz, tumbado y arrastrándose con sus súplicas, aquel personajillo de las gafas de Sol en la cabeza no se apiadaba lo más mínimo. Muy al contrario, con una buena dosis de sadismo, seguía machacando a patadas la cara sangrante de aquella especie de orangután. Tan solo conseguí arrancarme una leve sonrisa de satisfacción al creer que tal vez aquello pudiera ser posible alguna vez. Luego, pensando que Ramón podría salir del cuarto de baño en cualquier momento, y pillarme al otro lado de la puerta con la mirada perdida, decidí que era mejor salir a la calle, y dejar las películas de ciencia-ficción para otro momento.

 

..........

 

Y un mes más tarde, cuando yo creía todo aquello olvidado, mi pequeño bañador parecía ser ahora su objetivo.

En ese tiempo había dejado de sentir tanto miedo por el recuerdo de aquel desagradable encuentro, en buena parte porque ahora mi primo Juanlu ya estaba con nosotros. Pero de nuevo me veía en una situación semejante, a solas con ese animal en el cuarto de baño.

-¿Estás seguro de que no puedo obligarte a salir ahí fuera desnudo?

-Ramón, por favor... -traté de apelar al buen juicio que debía descansar en alguna parte de su reducido cerebro de matón.

-No supliques, joder, me repatea la gente que lo hace. Por qué no te defiendes, ¿eh? Odio a la gente que suplica, capullo -y por la expresión de su cara, nadie dudaría de esa afirmación-. Tienes mucho que aprender... ¡Y ahora lárgate arriba, y no aparezcas por la piscina en toda la tarde! ¿Lo has entendido?

-Sí -volví a mostrarme sumiso.

-Y si tu querido primo te pregunta...

-No le voy a contar nada.

-Así me gusta, que seas un perrito obediente.

Su cara mostró cierta satisfacción.

Recogí mi ropa a toda prisa, y salí del cuarto de baño pensando que me había librado de pasar una vergüenza terrible. Porque no tenía ninguna duda de que hubiera salido desnudo a la piscina si Ramón me lo hubiera ordenado. No tenía ni idea de qué le habrían hecho a ese chico para convertirse en el animal despiadado que era, pero su odio crecía a la misma velocidad que una sensación extraña se apoderaba de mí. Una sensación no del todo incómoda. No del todo negativa.

Junto a la puerta del cuarto de baño, de nuevo humillado por Ramón, que se quedaba dentro, volvió con fuerza a mi mente aquel duro personaje de novela negra. Aquel Nando Losada que no le tenía miedo alguno a ese cabrón. Pero esta vez no era una paliza lo que creó mi cerebro, si no algo mucho más sutil, pero igual de efectivo y desafiante. Algo que Ramón se hubiera tomado sin duda como una vacilada, o como una declaración abierta de guerra. Una acción que no me suponía esfuerzo alguno y que tampoco haría peligrar mi integridad física, al menos de momento. Decidido a seguir los imaginarios consejos de aquel Nando Losada con gafas de Sol sobre la cabeza, me quité el ridículo y pequeño bañador que no pensaba volver a utilizar en la vida, y me vestí con mi ropa de calle. Después busqué rápidamente una silla en aquel salón lleno de trastos viejos de la planta baja de la casa, la coloqué a toda velocidad junto a la puerta, y planté en el asiento la prenda azul marino bien estirada, para que Ramón se la encontrara nada más salir del cuarto de baño.

Luego huí, claro, primero porque no quería estar delante cuando Ramón se enfureciera, y segundo porque no me quería arrepentir en el último momento de lo que acababa de hacer: poner mi vida en peligro.

 

 

Continuará...

  

 

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