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-¡Entonces!

-Bueno... yo...

-¿Está el gerente del hotel?

-¿El gerente, señor?, no, no.... a esta hora no hay nadie...

En un momento, me di cuenta de que la situación era ridícula y que yo no estaba precisamente en el Hilton. Evidentemente mis exigencias debían adaptarse a cuestiones más simples. Y el pobre muchacho me miraba con ojos desorbitados sin saber que decir por ese percance tan desgraciado. Cuando noté su estado, me enterneció sobremanera y bajé los decibeles de mi enfado.

-Bueno, bueno. No te preocupes. ¿Cómo te llamás?

-¿Yo? – contesto el chico, mirándome asustado.

-Bueno, no hay nadie más aquí...

-Sí, claro, señor, tiene razón. Me llamo García, señor.

Sonreí nuevamente y lo miré con las manos en mi cintura. No me había fijado mucho en él, claro, pero este García no estaba nada mal. Era moreno, con el pelo corto y prolijamente peinado con gel. Rasurado a la perfección, con un sombreado suave que denotaba una barba tupida, sus facciones eran amables y sobrias. Sin ser un hombre hermoso, poseía bastante atractivo después de todo. A pesar de ser muy tímido, su mirada, enmarcada en unos grandes ojos castaños, era sincera y hasta indagadora. Era delgado, alto y de brazos y piernas largas. Solo atinó a secar sus grandes manos, cubiertas de un finísimo vello, con una de las toallas, mientras me miraba inquieto.

-Veamos, García. ¿Qué podemos hacer? – dije finalmente, con voz mucho más amigable.

-¿Quiere que le dé otra habitación, señor?

-Pues eso sería una estupenda solución.

-Muy bien, señor, déjeme ayudarlo con sus cosas.

García tomó mi ropa, y mi maleta, y me dijo que lo siguiera. Yo estaba casi en pelotas, por lo que quise tomar al menos una toalla para cubrirme, pero el muchacho me dijo enseguida:

-No se preocupe, señor, el hotel está vacío.

Con un gesto de sorpresa tomé el resto de las cosas que había sacado de mi maleta, y lo seguí saliendo de la habitación. La situación no podía ser más cómica.

-Le daré la mejor habitación del piso.

-Pues ¡qué bien!. – dije con un tono algo irónico.

Cuando entramos a la nueva habitación, él me ayudó con mis cosas y luego comprobó que todo estuviera en orden.

-Señor, los grifos funcionan perfectamente. Ya puede bañarse.

-Muchas gracias – dije sonriendo. En efecto, la habitación era mucho mejor, tenía una cama de dos plazas y era mucho más amplia e iluminada. García atinó a irse, pero de pronto me preguntó:

-Señor, ¿desea que desempaque sus cosas?

Sorprendido por esa propuesta, mi mente viajó por un momento a mis más bajas zonas, aquellas en las que imagino todo tipo de eróticas fantasías. Pensé por un momento toda la situación: Yo estaba casi en bolas, a punto de bañarme, con otro hombre en mi habitación.... pues....

-¡Pues sí!. Te lo agradezco mucho – dije, mientras resueltamente entraba en el baño. Antes de cerrar la puerta, me quité el slip. Lo había hecho calculadoramente, para testear la reacción del chico. Entonces, por el espejo que había en la puerta, noté que García me miraba atentamente el culo mientras me desnudaba. ¡Esa mirada...!. ¡Ahora el atónito era yo!. Y como un colegial, solo atiné a cerrar la puerta y meterme en la ducha caliente, observando que mi pija se empezaba a levantar por tanta emoción. Me quedé pensando en García. Pero después deduje que todo era producto de mi imaginación y que estaba viendo insinuaciones donde solo había una fría amabilidad de empleado de hotel. Pero yo ya estaba excitado y mi verga había subido y subido hasta ponerse totalmente tiesa. ¡Joder, qué caliente estaba!. No podía dejar de imaginar a ese muchacho totalmente desnudo. Enjaboné mi cuerpo, haciendo una gran espuma entre mis pelos del pecho. Acaricié mis pezones una y otra vez, limpiando suavemente la zona. Después, llevé mi mano a mi trasero y me froté las nalgas, abriéndome el ano con la redondez del jabón. Imaginaba que era el miembro de García. Veía mi pija dura, grande y bamboleándose gracias a mis leves movimientos pélvicos. Me metí un dedo en el agujero y no pude contenerme al gemir de placer. Y ¡Justo en ese momento!, escuché que golpeaban a la puerta del baño.

-¡Señor, tengo sus toallas, ¿quiere que se las alcance?

García estaba todavía allí... y... ¡quería entrar!. No, no... era solo mi imaginación, no estaba ocurriendo nada más. Qué ocurrencia... Pero, yo estaba con una erección de campeonato y con un dedo en mi culo, no podía hacer pasar a García. Aunque pensándolo bien ¿Porqué no?, de todos modos estaba cubierto por la cortina de la ducha.

-Sí, García, pasá nomás, dejámelas sobre el banquito.

-Muy bien, señor, con su permiso – dijo mientras entraba en el baño. Yo me quedé inmóvil, sosteniendo mi miembro duro sin poder ver nada más que una borrosa sombra detrás de la cortina plástica. Todavía seguía allí. Había dejado las toallas... ¿porqué no se iba?... Me pareció que pasaba una eternidad hasta que oí que la puerta se cerraba tras de él.

¡Ah!, asomé la cabeza como para cerciorarme de que estaba solo. Sí. Así era. A todo esto sería tardísimo, pensé. Dejé la masturbación para después y salí rápidamente de la ducha. Me sequé y me vestí a los tumbos, y salí de allí rumbo a mi almuerzo de trabajo.

Eran las tres de la tarde cuando regresé al hotel. Al entrar, García salió enseguida a recibirme, como si me estuviera esperando, con su sobria sonrisa y sus reverenciados saludos. Me dio la llave y subí a mi cuarto. Había intentado alejar de mi mente al empleado del hotel. No lo conseguía, pues dudaba constantemente sobre si él se había fijado en mí, o todo era producto de mi imaginación.

Me quité la corbata, los zapatos, y me abrí la camisa, mientras me sentaba a trabajar en mi ordenador. Al poco tiempo sentí que golpeaban a mi puerta.

-¿Sí?

-Disculpe, señor, ¿todo está en orden en la habitación? ¿Necesita alguna cosa?

Sentí un sacudón en mi pecho al escuchar la voz del chico. "Qué tonto", pensé, me comportaba como un jovencito adolescente. Miré entorno mío, como buscando alguna razón para necesitar algo, pero no, todo estaba bien. Así y todo, fui hasta la puerta y la abrí.

-Buenas tardes, señor.

-¿Cómo estás, García?

-Bien, señor – contestó sonriendo y mirando mi pecho que emergía de la camisa abierta – ¿Necesita que le acomode el cuarto?

No lo pensé dos veces. El cuarto estaba en orden, pero con un gesto nervioso, le dije:

-Sí, sí... claro... sí – y volví a mi ordenador. Tecleaba cualquier cosa, lejos de concentrarme y atento a todos sus movimientos.

-Ya está, señor. ¿Algo más?

-Eh... sí, sí...

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