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García estaba ahí con su hermosa sonrisa tímida y sus
grandes ojos tan expresivos. Llevaba sus mangas levantadas, dejando
libres unos magníficos brazos velludos. Recordé la visión fugitiva de
sus pectorales con aquellos pelos entre ellos, como si quisiera ir
armando un rompecabezas con las pocas imágenes que había visto de su
cuerpo.
-Buen día. Le traigo su desayuno, señor.
-Sí, buen día, pasá por favor.
García fue a dejar la bandeja sobre el escritorio.
Cada vez me parecía más atractivo. Enseguida su trasero atrapó mi
atención por competo. Era de una redondez y formas perfectas. Abultado,
firme, armonioso con respecto a sus largas piernas. Me senté en el borde
de la cama con las piernas abiertas, mientras me secaba suavemente la
cabeza con la toalla que traía a los hombros.
-Decime, García...
-Sí, señor.
-¿Hay algún lugar agradable cerca de aquí donde pueda
ir a tomar unos tragos después de cenar?
-Sí, claro, señor, pero no está muy cerca. Hay que
caminar algunas cuadras.
-Me gustaría que me indicaras donde... – empecé a
decir, mientras continuaba secando mi cabeza, mi cara y mi cuello. Mi
pecho estaba lleno de gotas que caían sobre el espeso vello de mis
pectorales. Lentamente abría las piernas, sabiendo que pronto mis
genitales estarían ante su vista. García me hablaba de ese bar, de cómo
llegar, mientras cada tanto sus ojos no podían evitar bajar a mi
entrepierna. Yo sabía que mi pija estaba por lo menos en parte ante su
vista, lo que me excitó tremendamente y comencé a sentir una erección
incontenible. Entonces él me preguntó:
-¿Algo más, señor?
Me puse de pie, dejando a propósito que mi dureza
fuera notoria. Un elevado mástil elevaba la toalla y descorría su
abertura por delante. Yo seguía secándome la cabeza como si nada, con
los brazos alzados, mostrándole mis peludas axilas y mirándolo de manera
inequívoca.
-Espera un momento – le dije, y sabiendo que él me
seguía con mirada, fui hasta mi billetera, separé un billete y se lo
alcancé en la puerta. Me acerqué mucho a él. Pero esta vez sus ojos
fueron directamente a la abertura de mi toalla. Mi verga, durísima,
sostenía la toalla como una carpa de circo, y él podía ver parte de mis
pelotas y el matorral de mis pelos. Ahora sí, ahora sabía que García
estaba mirando mi paquete con ganas de tomarlo entre sus manos. Nos
quedamos un instante así, quietos, respirando agitadamente, en silencio.
Entonces, él tomó el billete, y me miró a los ojos.
-Gracias, señor. Muchas gracias. – dijo lentamente,
muy serio, y sin el menor atisbo de timidez en su voz.
Cuando cerró la puerta, creí desmayar. Mi pecho latía
a mil, y mi pija se movía espasmódicamente. Me quité la toalla y ahí
mismo, rocé apenas mi miembro, que a ese mínimo contacto largó, ante mi
asombro, tres espesos chorros de semen, haciéndome flaquear de placer.
Ese día estuve muy ocupado y regresé al hotel después
de las 20 hs. García se había retirado. Salí a cenar y fui al mismo
sitio, pero él no estaba allí. Después, casi con prisa, me tomé un taxi
hasta el bar que me había recomendado García. Alguien cantaba un tonada
folklórica en el extremo del salón, y había mucha gente. Me senté en la
barra y pedí algo fuerte. Había hombres y mujeres. Casi todos me
miraban, era el forastero allí. Yo también los miré, sobre todo a
algunos hombres. Algunos sostenían la mirada, y otros la bajaban. En
vano busqué a García allí. Abrigué la esperanza de encontrarlo, pero
finalmente pagué mi consumición porque quería regresar al hotel.
Antes de salir entré en el baño, me moría de ganas de
orinar. Entonces, casi detrás de mí, entró un hombre de mediana edad.
Nos miramos por un segundo, y se situó en el único orinal que quedaba,
justo a mi lado. Yo estaba todavía orinando generosamente cuando me di
cuenta de que el hombre me miraba el pene disimuladamente. Terminé de
orinar, pero no me retiré, notando que algo iba a suceder.
El hombre no estaba orinando, por lo que sin hacerme
notar demasiado, miré en dirección a lo que tenía entre las manos.
Estaba masajeando suavemente una notable verga que aún estaba en estado
de flacidez. Era gorda, larga y con un prepucio que subía y bajaba
recorriendo el oscuro glande, que con cada movimiento iba cobrando mayor
volumen. Sin casi tocarme, mi pija respondió al estímulo visual. Miré un
poco más al tipo. Era uno de los hombres que había visto afuera y que
ante mi fijeza había bajado la mirada. Algo muy fuerte me llamó la
atención, y era que algo en sus rasgos me recordaban a García. Pero
atribuí eso al alcohol que había ingerido, o más bien a que no me podía
sacar la imagen del chico de mi cabeza. Tendría 45 años, con una espesa
barba muy bien cuidada y un perfil fuerte y viril. Los tres primeros
botones de su camisa estaban desabrochados, y por allí asomaban largos
pelos grises. Con su mano izquierda comenzó a desabotonar los
siguientes. Vi que su dedo anular ostentaba una alianza de matrimonio.
En unos segundos, se había abierto la camisa por completo y un pecho
velludo me sorprendió gratamente. Me dejé guiar por el surco descendente
de sus pelos hasta llegar a su pubis, intensamente tapizado de una mata
negra; y allí observé como su verga sobresalía descaradamente,
endurecida por completo. Era majestuosa. Cuando la dejaba libre, sin
tocársela, quedaba levantada curvándose hacia arriba, con el glande
brillante y totalmente descubierto. Rodeada de una mata oscura, la dura
lanza corcoveaba sobre sus pesados huevos.
Bueno – pensé, mirando aquel magnífico espécimen de
hombre – la noche no vendría tan mal, después de todo.
Miré sus endurecidos pezones. Redondos, oscuros y
grandes. Su pecho subía y bajaba, agitándose cuando el bombeo se hacía
más intenso. Él me miraba la pija y comprendí que quería ver más.
Entonces me abrí del todo el pantalón y lo descorrí hasta un poco más
abajo de mis pelotas. Subí los faldones de mi camisa hasta más allá de
mi ombligo, mostrándole lo que quería ver. Mi verga, durísima, subía
recta y húmeda ante su vista ávida. El hombre, ganado por el inmenso
placer que él mismo se daba, entrecerró los ojos aprobando mis
diecinueve centímetros de erección. Seguimos masturbándonos lentamente
por un rato, hasta que lentamente estiré una mano para sentir uno de sus
pezones entre mis dedos. Ante ese gesto ¡el hombre retrocedió como si
hubiera visto al mismo diablo!. Sin poder creerlo, vi como se ponía cada
vez más nervioso, y acomodando rápidamente su ropa, se apresuraba a
salir del baño. Desapareció en unos segundos, dejándome con la pija en
la mano y con los ojos abiertos por la sorpresa.
¡Increíble!, sin entender demasiado, me arreglé y
salí pocos minutos después. Tal vez me estuviera esperando afuera,
pensé, pero cuando pasé por el salón en dirección a la salida, el hombre
estaba en una mesa, en compañía de quien sería seguramente su mujer y
otra pareja de amigos. Nerviosamente miró hacia otro lado cuando pasé a
pocos metros, poniendo una mano en su frente.
Mi frustración era total esa noche y regresé
caminando al hotel.
Dormí mal, por lo que a las 7 ya estaba despierto. Me
quedé en la cama hasta las 8 repasando algunos apuntes. Entonces llamé a
recepción para pedirle el desayuno a García. Me extrañó mucho que me
respondiera otra persona. Cuando golpearon a la puerta, me levanté para
abrir enseguida, esperando ver a mi amigo. Pero no, no era García.
Entró un hombre alto que me saludó en voz muy baja.
Fueron tan rápidos sus movimientos que no pude verle el rostro. Dejó la
bandeja en el escritorio, y giró sobre sí mismo siempre con la vista en
el suelo, apresurado por salir. Entonces, lo observé mejor.... ¡Era el
hombre de barba que se había masturbado conmigo en el baño del bar! ¡No
podía dar crédito a lo que veía!. Creí engañarme, pero él tuvo que pasar
delante de mí, así que no tuve dudas al verlo tan cerca como lo había
estado en ese baño público. Me atreví a preguntarle:
-¿Perdone, pero no está García?
-¿García?, Usted se refiere a.... no, no...él no
está. Hoy es su día de franco – dijo sin levantar la vista, saliendo lo
más rápido posible.
Quedé mudo y pensativo. Entonces ese hombre también
trabajaba en el hotel. Además de sorprendido, caí en una profunda
decepción porque ese día no vería a García.
Tomé mi desayuno mientras ponía en orden mis
pensamientos. Entonces decidí centrarme en mi trabajo, y terminar de una
vez por todas con ese informe. Me tenía que sacar de la cabeza a García
y regresar a Buenos Aires, pues empezaba a sentirme realmente fastidiado
en esa ciudad.
Sin embargo pasé todo el día pensando en ese alto y
tímido recepcionista del cual ni siquiera sabía el nombre de pila. Me
quedaba un solo día antes de partir, y nada indicaba que lo volvería a
ver. Esa noche pedí que me despertaran a las nueve. Reconocí la voz del
hombre de barba. ¿Y si volvía a intentar algo con él? ¿Cómo? Pero
enseguida deseché esa idea, era evidente que el tipo había entrado en
pánico al intentar tocarlo, por lo que calculé que algo similar en su
lugar de trabajo, sería diez veces peor. No. Descartado.
Amaneció lluvioso y gris, y yo ya estaba despierto
cuando sonó el teléfono a las nueve de la mañana. Atendí con desgano,
como para responder un amable "gracias", pero mi sorpresa fue inmensa al
escuchar la voz de García.
-Buenos días, señor, son las nueve.
-¡Muchas gracias, García! – dije alegremente, con la
esperanza de que mi felicidad se notara en el tono de mi voz. Escuché lo
que mi mente entendió como el suspiro de su sonrisa, y de inmediato me
contestó:
-De nada, señor. ¿Desea el desayuno en su habitación?
-Sí, claro. ¿Me lo vas a traer vos?
-Sí, señor, como Ud. quiera.
-Me encantaría – dije, sorprendido de mis propias
palabras. Se hizo un silencio del otro lado.
-Como no. Enseguida subo, señor – respondió García
después de unos segundos.
Al colgar el tubo, salté como un resorte. Fui hasta
el baño y arreglé un poco mi aspecto. Lavé mis dientes, me rocié con un
poco de colonia y me mojé un poco el pelo. Quería recibirlo de una
manera especial. Me pregunté si sería muy obvio hacerlo sin ropa alguna.
No lo pensé dos veces, mi ansiedad me indicó quitarme el pijama, mi slip
y quedarme como Dios me había traído al mundo. Estaba impaciente y mi
corazón se me salía del pecho.
Al oír los golpes a la puerta me paralicé y de pronto
me dio mucha vergüenza encontrarme desnudo. Pero la suerte estaba
echada, así que creí que lo mejor sería sentarme al escritorio frente a
mi ordenador, simulando estar trabajando. Y así, en pelotas, grité desde
mi sitio:
-¡Adelante! |