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Mi avión había salido de Buenos Aires hacía poco más de dos horas, y me encontraba en el coche que me llevaba desde Neuquen hasta la localidad de Gral. Roca en la Provincia de Río Negro, al norte de la Patagonia argentina.

En mi desgano, empecé a pensar de que manera podría hacer más placenteros aquellos cuatro días en aquel pueblo tan pequeño, sin cines, ni teatros, sin siquiera esos pequeños saunas, como los que hay en algunas capitales del interior del país. Mis viajes atenuaban aquella rutina de la gran ciudad, pero no siempre la pasaba bien. El último viaje, había sido impuesto por mi empresa hacía apenas tres semanas, y en esa ocasión, me había aburrido considerablemente. Una cosa era cierta: el grado de entretenimiento que lograba tener en esos viajes, era inversamente proporcional a la calidad de mis trabajos, por lo que pensé equitativamente: "Tal vez sea mejor así, si no tengo con qué distraerme, haré un informe muy bueno", y con ese consuelo me hacía a la idea de que estos cuatro días pasarían muy rápido, y mi imagen profesional quedaría nuevamente intacta ante mis jefes. Esta vez se trataba de un informe sobre el producto por excelencia de la zona: "manzanas". Su cultivo, los intermediarios, su exportación, etc. Para eso tendría varias entrevistas y consultas con agricultores y productores de la región.

Cuando el aburrido chofer me dejó en la puerta del hotel, suspiré con resignación.

"ASTOR HOTEL", rezaba el cartel.

Era de solo tres plantas, modesto y deslucido, estaba en la zona céntrica, y sus dudosas tres estrellas eran más pretenciosas que reales. Al entrar, nadie vino a ayudarme con mi maleta. Entré al hall y me dirigí al pequeño mostrador. Casi todas las llaves del hotel se encontraban en sus casilleros. La sensación de soledad me invadió aún más. Finalmente, de una puerta contigua apareció un joven de unos 25 años de edad que me miró con los ojos agrandados. Se apresuró a recibirme, en el colmo de la amabilidad y el respeto, saludándome como si fuera un maharajá. Me reí para mis adentros, e intentando también ser amable me presenté y le dije que mi empresa había hecho una reserva a mi nombre.

-Sí, señor, déjeme revisar la lista.

La lista era un trozo de papel arrugado donde el chico no encontró ni rastros de mi nombre. Estuvo así buscando por todos lados, rojo de vergüenza y temblando casi.

-Qué barbaridad, debe haber un error, pues no se me avisó que Ud. iba a venir.... perdóneme, pero yo le aseguro.... que...

-No te preocupes – le dije con tono calmo y un poco divertido por la situación – después arreglaremos eso. Mientras....¿no podrías darme una habitación?, estoy un poco cansado y me esperan para almorzar.

-Desde luego, señor, discúlpeme, pase por aquí, y permítame la maleta.

Lo seguí por una estrecha escalera, pues el ascensor no funcionaba, y después de subir dos pisos, llegamos a mi cuarto.

El joven, pulcramente vestido con un pantalón negro, camisa blanca y corbata azul, depositó mi maleta en una cómoda y abrió las cortinas. Le di una buena propina, lo cual produjo un torrente de agradecimientos. Me indicó que el desayuno se servía hasta las 10hs., y que si necesitaba cualquier cosa, no dudara en llamarlo.

Vaya con el Astor Hotel. Pero era comprensible que en ese lugar, era lo máximo a lo que se podía aspirar. Mi cama era estrecha. La ventana daba a la desierta y angosta calle lateral. Una vista de ensueño, pensé. Respiré profundo, empecé a acomodar mis cosas y decidí darme una ducha. Me desvestí y me dirigí en calzoncillos al baño. Y fue entonces que comprobé que el grifo de agua caliente ni siquiera giraba sobre sí mismo. Echando pestes llamé de inmediato a recepción para quejarme por lo ocurrido.

¡Pobre chico!, su voz aterrada apenas pudo contestar: "¡Voy para allí, señor!". Debe haber subido los escalones de a tres, porque a los pocos segundos estaba tocando a mi puerta. Sin reparar que estaba aún en slip, abrí la puerta. El muchacho abrió aún más los ojos quedando mudo ante mi cuerpo semidesnudo.

-A ver si podés hacer algo. Quiero darme un baño y no pienso hacerlo con agua fría.

-Por supuesto, señor, con su permiso – dijo tímidamente, pasando al baño. Examinó el grifo, intentó varios movimientos, pero fue inútil.

-Caramba, señor, no sé como pedirle disculpas por esto. Tendrán que venir de mantenimiento para repararlo.

-Sí, ¿cómo no?, - dije muy alterado - ¡pero yo tengo que salir en media hora...!

-Sí, señor, claro, comprendo.

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