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No era aquella mi idea acerca de la desvirgación con un chico, pero la
calentura pudo más que la razón y terminé empujando adentro. Tin soltó
un gritito más de sorpresa que de dolor cuando mi glande se abrió paso
por el ano. Lentamente, seguí avanzando en mi invasión hasta chocar con
sus nalgas. Paré un momento y, al poco, comencé a embolarlo muy
despacio. El muchacho se deshacía de placer entre gemidos mientras le
susurraba a su oído lo bueno que sentía su pozo. Me ponía a cien dar por
el culo a mi amante en ese lugar, escuchando a la pareja de al lado, a
los que deambulaban por el enorme servicio... No existía en ese momento
más placer que el que Tin me daba y el que, creo, le daba yo. Cuanto más
gemía mi amante, más ganas tenía yo de probar aquello, de sentir como el
joven potrillo rompía mi culo con su hermosa espada. -Tin, mi amor,
júrame que me follarás-, le dije sosteniendo su morcillona polla sin
dejar de joderle. Sabía que él era pasivo, pero también que se
comprometió a satisfacerme en uno de sus mails, mi culito ardía casi
tanto como el suyo con sólo ver su cara de goce supremo. De pronto, mis
músculos se tensaron y las piernas empezaron a flaquear, me iba a correr
por primera vez dentro de un hombre. Agarrando su pelvis, él apoyado ya
en la pared, me lo clavé a fondo y sentí como se vaciaban mis huevos en
su caliente túnel del amor. Al terminar, nos quedamos un rato mudos los
dos, mientras se bajaba mi pene dentro de su agujero. Un montón de
sentimientos contradictorios se apoderaron de mi, entre la culpa y la
tranquilidad más profunda. Por suerte, Tin lo resolvió con otro
apasionado beso que me hizo ver las estrellas. Luego, con una sonrisa,
señaló mi tranca sucia y la limpió con papel higiénico. Ese día
terminamos allí, ya que al día siguiente se trabajaba, sólo nos
entretuvimos tomando unas copas más antes de irnos, pero nuestra toma de
contacto había sido genial. A la tarde siguiente a eso de las cuatro,
tras salir de la oficina y comer algo, me marché directamente a casa de
Amparo. Jodimos como animales durante un buen rato, hasta que, como a
menudo, terminé comiéndole el coño a la madura. Ella tenía la costumbre
de sentarse apoyada en la cabecera de su cama y, abriendo sus patas,
exhibía su ancha y profunda vagina. Entonces, mi tarea era chupar su
clítoris como si de una pollita se tratase, y en eso pensaba yo mientras
le rozaba sus labios mayores con mi barbilla. Recordaba a Tin, su
caliente polla serpenteando en mi boca, su semen explotando en ella...
De repente, inconscientemente, me metí un dedo en el culo, nada extraño,
pero luego fueron dos y empecé a gemir como mi amigo el día anterior.
Amparo me tomó por la cabeza y preguntó -¿Me estás diciendo algo,
Marco?-. No se me ocurrió más que contarle la verdad. Nos echamos los
dos sobre la almohada y comencé a contarle lo que pasó la noche anterior
y sus orígenes. Ella empezaba a masturbarse mientras yo hacía lo propio
con mi culo, pronto la temperatura volvió a subir en el cuarto de la
gordita.
Sin más, me echó de espaldas sobre la cama, abrió mis nalgas y
comenzó a chupar mi ojete como una loca. A los pocos minutos se ayudaba
con los dedos, entrando y saliendo de mi cuevecita, cada vez más
ansiosa. Cada vez quería más, deseaba que me empalasen ya de una vez,
quería algo más gordo en mi trasero, a poder ser el nabo de Tin...
-¡Llámale!-, dijo la dueña de la casa cesando su penetración.
-Pero que dices, te has vuelto loca. Apenas le conozco y, además hoy
no habíamos quedado-
-Vamos, tonto. ¿Apenas le conoces y ayer te lo follastes? Además, hoy
es viernes y no tienes que ir a dormir a tu casa-.
-Sí, pero eso no significa que...-
Ni siquiera me dejó continuar. Me acercó su teléfono inalámbrico y mi
cartera. Torpemente, busqué su número de teléfono que, por suerte me dio
el día anterior, y llamé. El teléfono sonó apenas un par de veces. Una
mujer, sin duda su madre, se puso al aparato. -Buenas tardes, ¿Está
Agustín?, soy Marco-. pregunté de forma inocente. -Un momento, por
favor, ahora le aviso-. Pasaron unos segundos que Amparo aprovechó para
poner el altavoz externo del teléfono y acercarse más a mi, acariciando
mi nabo. De pronto, Tin se puso al otro lado.
-Hola, Marco. ¿Qué tal estás?-
-Muy bien, pero te echo en falta, aunque sólo haya pasado un día-.
-Yo también. Llevo desde ayer pensando en ti -, su voz sonaba cada
vez más afeminada, a sabiendas de que a mí me volvía loco. -Ayer me
partiste el culo, ¿Lo sabías?-
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