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Amparo me miró riendo por lo bajo, -Vamos, no eras virgen- contesté.
-No, eso es cierto, mi amor, pero mi anito vuelve a suspirar por tu
polla-.
-Si la quieres te la daré de nuevo. ¿Porqué no vienes aquí?-
-Aquí, ¿Dónde?-
Le di la dirección de Amparo, que él ya conocía por mis confesiones
en los mails.
-¿Así que no estás sólo?-, preguntó con un deje de abatimiento.
-Sólo sé que quiero que vengas, quiero follar tu culo, y quiero que
hoy me folles tu el mío-.
Amparo ya me miraba cada vez más caliente. La conversación se ponía
al rojo por momentos, aún sabiendo que mi madura amante estaba conmigo.
Al fin, accedió a venir cómo creo que ya tenía pensado desde el
comienzo, pero advirtiendo de que traería una sorpresa. Amparo y yo
apenas conseguimos esperarles. Estuvimos a punto de follar de nuevo,
pero la cuarentona, sabiamente, me recomendó que lo guardase para luego.
No pasaron más de veinte minutos, cuando el timbre anunció la llegada de
Tin. Mi gordita amante me ordenó que fuese a abrir.
Enfundado en un grueso batín me abrí la puerta del rellano y me llevé
la sorpresa de la tarde. Tin no estaba sólo. A su lado, sonriente,
estaba una joven de su edad, 21 ó 22 años, más gorda y alta que Amparo,
pero de piel fina y cara hermosa. Sin tiempo para reaccionar, el guapo
chico me la presentó como Carolina, su hermana. Ella era la que había
respondido al teléfono. Tras un par de besos en la mejilla, Tin me
volvió a enchufar su boca igual que la noche anterior. -Ha venido a
vernos, lo sabe todo-, me dijo con la más pasmosa de las naturalidades.
Por supuesto yo no pensaba objetar nada al respecto... De pronto, ya en
el comedor, salió a nuestro encuentro la dueña de la casa, apenas
vestida. Se quedó de piedra al ver a la monumental jaca acompañando a mi
amante "masculino". Saludó pícaramente a Tin, pero abrió unos ojos como
platos al presentarle a Carolina. Preparó cuatro combinados y nos
sentamos en la mesita del comedor, los dos chicos en el sofá y ellas en
dos sillones frente a nosotros. Después de un rato de charla, durante la
cual Carolina apenas dijo algo, en la que habíamos pasado enseguida a
hablar de sexo y más sexo, la joven se destapó. -¿Cuando vais a empezar
chicos?-, preguntó secamente. -Sí, queremos veros-, añadió Amparo.
Por toda respuesta, Tin se levantó y empezó a desnudarse, exhibiendo
enseguida su cuerpo sin apenas pelo. Su pene ya se encontraba en
semierección, no como el mío que ya se encontraba listo para la
jodienda. También yo me despojé del batín, arrojándolo al suelo y nos
fundimos de pie en un cálido abrazo. Nuestras manos buscaban el culo del
otro, nos acariciábamos la espalda, besábamos nuestros cuellos...
Enseguida la tranca de Tin se encontraba como la mía. Vi que las dos
mujeres se acomodaban mejor en sus sillones, pero sin hacer nada más por
el momento. Mi amante rubio teñido se tumbó en el sofá con su polla
apuntando al techo. Me disponía ya a chupársela, arrodillado sobre la
alfombra, cuando Tin me dijo que quería un sesenta y nueve. Me puse
sobre él y me llevé su polla a la boca, acercando la mía a la suya. Me
di cuenta de que Tin comía sólo mi glande, exagerando los movimientos a
lo largo del nabo para que las dos mujeres pudieran verlo bien. Le imité
y nos dedicamos a ofrecer a las dos gorditas el más caliente de los
espectáculos gay. Pronto acercaron los sillones para vernos mejor y
Amparo, más lanzada, se empezó a manosear por debajo de su ropita. Poco
tardó Carolina en unirse a la juerga. Apenas empecé a besar el culo de
mi joven amante, cuando se puso en pie y dejó caer su falda para volver
a sentarse. Sus dedos se perdían por entre las grandes bragas que
ocultaban su pocito, sin duda chorreante.
Amparo, ya sentada sobre la mesita, me alargó un negro y enorme
consolador vaginal, mientras la hermana de Tin se sentaba a su lado, ya
despojada de sus bragas. Unté mis dedos en un tarro de vaselina y
comencé a darle al rubito. Uno, dos y hasta tres dedos desaparecieron en
el dilatado esfínter al ritmo de sus gemidos, que ponían a las gordas a
mil. Con sus caras cada vez más cerca del culo del guapo macho, no se
perdieron detalle de la metida. Apreté suavemente el consolador hacia el
abierto ano y, sencillamente, desapareció. Se lo tragó sin apenas
pestañear, entre obscenos comentarios de las dos damas. Me arrodillé en
la cálida alfombra con la pichulina erecta de Tin ante mí. No lo dudé ni
un instante y me tragué aquella maravilla. Carolina tenía ya su cara
pegada a la pelvis de mi gimoteante amigo, al que follaba y chupaba como
un loco. Mi querida Amparo se apoyó en mi espalda y besaba mi cuello
como podía al tiempo que me susurraba toda clase de obscenidades. De
pronto, sentí sus dedos metiéndose en mi culito, hurgando dentro de él.
Me volvía loco tener algo en mi esfínter. Vi sorprendido que Carolina
besaba las tetillas de Tin sin dejar de manosearse su conchita. El pobre
chico ya no aguantaba más. -¡Me corro, me corrooo...!-, chilló. Saqué su
polla de mi boca y le hice una rápida paja bajo la mirada expectante de
las dos gordas que aplaudieron a rabiar cuando explotó la polla en un
chorro de leche. El semen saltó hasta dar un poco en la cara de
Carolina, cayendo el resto sobre el lampiño vientre de Tin. Al terminar,
limpié la tranca de mi amante con esmero hasta que le quedó limpia y
fláccida. Con mucho cuidado, le retiré el consolador de su culo y lo
besé echándome encima suyo.
Las dos gordas nos acariciaban recordándonos lo maricones que éramos.
Me incorporé y lo dejé a él todavía sentado en el sofá. -¿La quieres, mi
amor?-, le pregunté enseñándole mi tiesa herramienta. El guapo macho,
abrió sus piernas y me metí entre ellas, tanteando su abierto pozo con
la punta de la polla. Sin más, empujé y quedó ensartado por mi nabo. Tin
se relamía los labios mostrando su satisfacción de forma evidente. Le di
unas largas emboladas que nos arrancaban jadeos de gozo mientras las
gorditas nos seguían acariciando. Notaba aún unos dedos jugando con mi
esfínter, dándome un placer indescriptible. Súbitamente, la madura
anfitriona los retiró. Me giré para protestar, pero todo lo que llegué a
ver fue el negro consolador que le metiese a mi amigo poco antes. Creí
que me partían en dos. Carolina ayudó a la madura a metérmelo, yo gemía
y empecé a llorar cuando sentí que la bola final me llegaba a las
nalgas. Estaba totalmente traspasado y apenas podía moverme, mi erección
dentro de Tin había bajado un poco, pero pronto me amoldé al monstruo
que invadía mi trasero. El intenso dolor fue cediendo mientras Tin me
animaba a seguir, siendo sustituido por un profundo y agradable
calorcillo en mi recto. Volví a culear, follando al guapísimo efebo,
sintiendo el placer más grande que recordaba. Carolina puso su cara ante
la mía y nos morreamos lascivamente. Nuestras salivas caían sobre el
pecho del enculado que daba grititos cada vez que le llegaba al fondo.
Entre las sensaciones de mi ano y las de mi polla, no tardé en correrme
más de cinco minutos, llenando al joven con mi espesa y caliente leche.
Rendido y sudoroso, caí sobre Tin que me recibió con el más cálido de
los besos, poco después, Amparo retiraba el consolador que me follaba
dejando en mi un gran vacío.
Continuará. |