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Lloraba impotente con la cabeza fija en las
baldosas del suelo. Decididamente lo tomé por debajo de las axilas para
levantarlo. Luego lo cargué y lo deposité en la bañera. Introduje mis manos en
la bañera y mientras le sacaba su pequeño slip me miraba a los ojos lleno de
vergüenza mientras se sorbía la nariz. Resuelto a acabar con esta embarazosa
situación lo antes posible, tomé champú y le embadurné la cabeza. El se dejaba
hacer como un monigote. Al aclarar la abundante espuma vi relucir nuevamente su
dorado y suave cabello. Contento por el resultado, tomé la esponja y el gel y
comencé a lavarle la cara, el pecho, los brazos. El dejó caer su cabeza hacia
atrás mirando perdidamente al techo. Le tomé de los hombros para inclinarlo
hacia delante, procediendo a enjabonar su espalda. Luego levanté una de sus
piernas para continuar. Hasta ese momento no me había dado cuenta que estaba
recorriendo todo su cuerpo con mis manos a mi antojo. Su tacto era muy suave y
delicado. La verdad es que ni me había fijado bien en él cuando lo llevé al
baño, pero el contacto con su piel me estaba produciendo una erección. Y todavía
faltaba “lo peor”.
Tras acabar con sus piernas metí la mano en el agua y me dirigí directamente a
sus huevos. Los lavé con suavidad y me dirigí a su pene, que para mi sorpresa,
estaba erecto, hasta casi tocar su ombligo. Decidí hacerme el distraído, no
dándole ninguna importancia y se lo lavé con toda delicadeza. El se estremeció
cuando enjaboné su circuncidado capullo. Acto seguido le di la vuelta a lo que
no puso ninguna resistencia. Le enjaboné sobradamente su culo, metiendo la mano
por su raja y lavando decididamente su ano. Él emitió un suspiro, por lo que
entendí que no le desagradaba. Sus nalgas eran una maravilla. Suaves y redondas.
Pequeñas y firmes. En todo mi recorrido por su cuerpo apenas si había podido
encontrar algún vello en las axilas y pubis, ya que ni siquiera sus huevos
tenían.
Al finalizar, volví a ponerlo bocarriba. Él sonrió agradecido y visiblemente más
relajado. Prendí la ducha y vacié el contenido de la bañera para que se fuese
esa agua sucia y poder enjuagarle. Le ayudé a levantarse y allí estaba,
totalmente desnudo, mientras yo le mojaba con la ducha, le acariciaba con mi
mano para quitar cualquier resto de espuma. El no hacía nada, pero se dejaba
hacer. Su pene estaba más relajado, aunque permanecía ligeramente hinchado.
Ahora me podía deleitar plenamente con la visión de su cuerpo. Era realmente
precioso. Sublime a pesar de su exagerada delgadez. Cada músculo estaba
perfectamente perfilado bajo su piel. No había ni una cicatriz, ni una
imperfección. Le sequé con una toalla y al finalizar lo cogí en brazos. Me
encontraba totalmente excitado con el contacto de su cuerpo desnudo mientras me
dirigía a su cama. Finalmente lo recosté y le tapé.
Luego preparé un poco de sopa que tomó en la cama con alguna dificultad. Después
entró en un profundo sueño. Me retiré a mi habitación y me acosté. En mi mente
pasaban las imágenes de su cuerpo desnudo, e intentaba recordar el tacto de su
piel entre mis dedos. De pronto recuperé la conciencia y me sentí un verdadero
cerdo. Estaba fantaseando con aquel muchachito indefenso. Nunca había sentido la
más mínima atracción hacia un hombre, pero aquel chaval había despertado en mi
deseos que nunca creí tener. Me costó mucho dormir, pero lo conseguí. Pasó casi
treinta horas seguidas durmiendo. No quise salir de casa por si se despertaba.
De cuando en cuando me asomaba a su cuarto y observaba aquel rostro angelical.
Al despertar se levantó y salió al salón con una camisa mía, que yo había dejado
allí a tal propósito y que para él era como un camisón, como única prenda. Yo
trabajaba frente al ordenador cuando lo vi reflejado en la pantalla. Sin
volverme siquiera dije: -¡Buenos días, dormilón! -¿Cuánto he dormido? -Buf,
mucho. ¿Cómo te encuentras? -Un poco cansado -Bueno. Se te pasará. Te prepararé
algo de comer.
-No te molestes. Tengo que irme ¿Donde está mi ropa? -En la basura.
-¿Qué dices? ¡Es lo único que tengo! -Tranquilo. Mañana iré a comprarte algo. Tu
ropa estaba fatal.
-Pe… pe… pero...
-Nada de peros. Ahora siéntate. Toma ésta manta para que no cojas frío.
Enseguida vuelvo.
Notaba como me seguía con la mirada mientras preparaba la mesa e iba y venía de
la cocina. Cuando el humeante caldo estuvo en la mesa. Le miré con una amplia
sonrisa y le dije: -Venga. A comer. ¿A qué esperas?Se sentó y cuando tomó la
primera cucharada y sin levantar la vista del plato dijo: -¿Por qué haces esto?
-Porque si. No me preguntes por que, pero quiero ayudarte.
-Sabía que lo harías.
-¿Cómo? -No me han ido muy bien las cosas. No tenía a quien acudir. Tenía la
esperanza de encontrarte.
-Vaya, eso si que no me lo esperaba.
-No quiero molestarte, pero es que estaba desesperado. Ahora estoy mejor. Mañana
me iré.
-¿Te irás a dónde? -No sé. Ya veremos.
-De eso nada. Tú te quedas aquí hasta que estés bien del todo. Entonces veremos.
Cabizbajo, dejó caer una lágrima por su rostro. Me acerqué a él y le acaricié el
cabello. Entonces se abrazó a mí rodeándome con sus tiernos brazos por la
cintura.
-Tranquilo. Ya pasó. Verás como todo sale bien-dije.
Continuó así aún unos segundos más, hasta que le indiqué que se enfriaba la
sopa, por lo que siguió comiendo gimiendo en silencio. Yo me retiré al sofá con
los ojos empañados. Fumé varios cigarrillos mientras comía. No podía dejar de
mirarlo, pero me recriminaba a mí mismo la calentura que me producía su
contacto, su ternura.
Cuando acabó se sentó junto a mí en el sofá, tapándose con la manta. Me miró un
instante y se tumbó acurrucado apoyando su cabeza en mis piernas. No pude
resistir la tentación de acariciar su cabello sedoso. Giró la cabeza con una
luminosa sonrisa y volvió a dormirse. Así estuvimos más de dos horas. Yo ya
tenía las piernas dormidas, pero no me importaba. Acariciando el pelo de aquel
ángel que había entrado en mi vida podía sentirme nuevamente pleno. Cuando
despertó, me hice el dormido. Se levantó y me tapó con la manta que hasta
entonces le cubría. Le oí ir al baño y luego meterse en la cama.
Pasé toda la noche en vela pensando. Las ideas se agitaban en mi mente. Era tan
agradable su compañía. Pero estaba claro que en mi había otra cosa que no era
instinto paternal. Sentía deseos de tocarlo, acariciarlo, amarlo. Era un hombre,
pero había dejando de importarme. Hasta hacía muy poco ni contemplaba la
posibilidad de este tipo de relación. Había tenido una vida sexual plena. Nunca
había sido promiscuo, pero disfrutaba muchísimo en la cama con una mujer. La
situación me desbordaba. De pronto caí en la cuenta de que solo estaba pensando
en mi. Di por hecho que el sería heterosexual, que solo veía en mi la figura de
aquel padre que, de algún modo, añoraba, por lo que tendría que quitarme
cualquier locura de la cabeza.
Los siguientes días fueron de lo más placenteros. Le compré alguna ropa tal y
como le prometí. Alabó mi gusto y prometió que me la pagaría lo antes posible.
Charlábamos durante horas de cualquier tema. En cuanto se repuso salíamos juntos
a pasear por la playa. Nos tratábamos amistosamente, pero sin reparos en
demostrar cariño el uno por el otro. Por las noches, mientras veíamos la tele,
se recostaba en mi hombro o mi regazo. A veces tomaba mi mano mientras yo le
atusaba sus dorados cabellos. Nunca intentaba ir más allá. Me hice a la idea de
que realmente me había enamorado, acepté la idea de que tan solo sería
platónicamente. No quería acabar con esa maravillosa situación por intentar
llegar más lejos.
Una noche lluviosa mientras permanecía recostado sobre mí, me dijo de repente:
-Tengo que irme.
-¿Qué? -No puedo seguir así. Eres demasiado bueno conmigo. Creo que ya he
abusado demasiado de tu generosidad.
-Pero que dices. ¿A dónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer por ahí? ¿Qué voy a hacer
yo sin ti...?Esto último lo dije evidentemente sin pensar. Me salió de dentro. Y
me arrepentí de inmediato. Me había descubierto. Ahora si que me dejaría. Se
incorporó dejando su rostro a la altura del mío con el semblante serio. De
pronto, soltó una sonora carcajada. Yo me sentía increíblemente incómodo. Mi
cara debía ser un poema. En mi vida había sentido tanta vergüenza. Cuando pudo
controlarse me dijo en tono divertido: -¿Qué has dicho? -¿Yo?, nada. Solo que,
en fin, que no tienes donde ir, y a mi no me...
-Anda, calla-dijo poniendo su dedo índice en mi boca.
Entonces, ya calmado, pero con una increíble sonrisa acercó lentamente sus
labios a los míos y me besó suavemente. Tras un momento de sorpresa reaccioné
besándole apasionadamente. Acariciaba con mi lengua su dentadura perfecta,
mordisqueaba sus labios y le abrazaba con tal pasión que podría haberle ahogado.
El no se había quedado quieto. Me desabrochaba la camisa con desesperación.
Acariciaba mi peludo torso con sus suaves manitas. Yo creía que iba a estallar
en ese momento. Bajé hasta su cuello, que besaba y mordisqueaba con deleite. Él
echaba su cabeza hacia atrás y gemía de placer. Sin mediar palabra me levanté
con él abrazado, mientras él me rodeaba a su vez con las piernas. Fundidos en un
apasionado beso, me dirigí hacia mi cama y sin soltarlo, lo acosté sobre su
espalda. Le besaba furiosamente, acariciando su culo y sus piernas, mientras me
movía lascivamente frotando mi paquete con el suyo. En un momento de lucidez,
paré y le miré fijamente a sus preciosos ojos que me miraban tiernamente.
-Yo no sabía que tú...-dije -Yo tampoco.
-¿Entonces? -Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero. Quiero ser
tuyo. Quiero estar siempre contigo. Volvimos a besarnos, pero sin prisas.
Desabroché su camisa y pasé mi cara por su torso desnudo para sentir el
agradable aroma de su suave piel. Lamí con deleite su pecho a lo que él
contestaba con entrecortados gemidos. Podía sentir la dureza de su pene
queriendo salir del pantalón. A mi ya me dolía de la brutal erección que tenía.
Abrí su pantalón y me entretuve acariciando su miembro sobre los boxers. El se
retorcía sobre la cama. Cuando lo liberé de tan molesta prenda y sus zapatos,
comencé a bajarle los boxers despacio, recreándome en cada zona por la que mis
manos rozaban. El se incorporaba sobre los codos para mirarme, pero a ratos
volvía a dejarse caer emitiendo algún sonido gutural. Acaricié sus suaves y
lampiños testículos con una mano, mientras con la otra sobaba su pene. Como si
me hubiese llevado toda la vida haciéndolo, deslicé mi lengua desde la base del
tronco hasta su glande y sin pensarlo, me lo introduje en la boca. Era una
sensación extraña y agradable. Él estaba tan excitado que creí que se correría
de inmediato, por lo que empecé a subir con mi lengua por su cuerpo,
entreteniéndome en su ombligo, hasta que volví a llegar a su boca. Después de
otro apasionado beso hizo un ademán de incorporarse al que yo respondí quedando
de rodillas en la cama con sus piernas a mi costado. Entonces procedió a
desnudarme, apartándome las manos de mi ropa cuando trataba de ayudarle.
Cuando al fin estábamos los dos desnudos quedamos frente a frente de rodillas.
Me abrazó tiernamente mientras yo recorría con mis manos su espalda y ese culito
maravilloso. Se soltó y agachó su cuerpo hasta llegar con su boquita a mi pene
que estaba ya enrojecido. Empezó a acariciarlo con sus labios con una suavidad y
maestría infinitas, mientras yo gozaba del espectáculo de su culo, que empecé
nuevamente a tocar, haciendo entrar mis dedos por su raja hasta que encontré su
ano. Cuando llegué hasta el, dio un gemido ahogado a causa de lo que tenía
enterrado en su boca. Lo voltee dejándolo bocabajo e inmediatamente acerqué mi
lengua a su hoyito. A cada lametón se arqueaba y movía las caderas
levantándolas, por lo que incluso se la introducía. Yo ya no podía más. Tenía
que ser mío. Me recosté sobre él, dejando la punta de mi verga en la entrada de
su ano.
Suavemente le hablé al oído: -Quiero poseerte.
-Hazme lo que quieras, pero ve despacio. Soy virgen.
-Tranquilo. Todo irá bien.
Arqueé mi cintura y ayudándome con la mano, puse mi pene en la entrada. Cuando
hice un poco de presión, se quejó levemente.
-Si no quieres lo dejamos. No quiero hacerte daño.-dije -No sigue. Es que duele,
pero no importa. Tú sigue. Quiero ser tuyo.
Volví a situarme, y haciendo un poco más de fuerza sentí como mi glande se
habría paso con dificultad. Él emitió un gritito, pero yo ya no podía más y
empecé a empujar. Comenzó a decir entrecortados ayes de dolor, lo que me hizo
frenar en seco y retirarme. Miré su ano que palpitaba. El giró la cabeza y
mirándome sobre el hombro preguntó: -¿Qué te pasa?Durante unos instantes no supe
que contestar, pero mi expresión y las lágrimas que corrían por mis mejillas
debieron parecerle suficientemente esclarecedoras. El recuerdo de aquella
persona con quien por última vez hice el amor, me desbarató por completo. Se dio
la vuelta e incorporándose hasta quedar de rodillas en la cama, me abrazó
apoyando mi cabeza contra su pecho. Mientras me acariciaba el cabello, decía
suavemente: -Shhhh, tranquilo. Está bien. Nos tumbamos en la cama abrazados. No
era un abrazo lujurioso. Era tierno y tranquilizador.
A la mañana siguiente desperté solo. Salté de la cama y busqué desesperadamente
por todo el apartamento. Toni no estaba. Se había marchado. Ni tan siquiera
había dejado una nota. Vi mi cartera sobre la mesa y observé que faltaba algo de
dinero en ella. Me maldije una y otra vez por lo que había sucedido. Lo había
perdido. Quizás se asustó, pero estaba seguro de que él también lo deseaba. A lo
mejor mi reacción en la cama le disgustó. Paseaba de arriba abajo por el salón
como un león enjaulado, consumiendo un cigarrillo tras otro. A veces tenía el
impulso de salir corriendo a buscarle, pero me detenía resignándome a no volver
a verlo. De pronto oí la puerta. Salí corriendo al pasillo y ahí estaba. Con una
sonrisa de oreja a oreja me dijo, mientras alzaba un par de bolsas que llevaba
en las manos: -He ido al súper. No había de nada. Te he cogido algo de dinero de
la cartera. Espero que no te importe.
Caminé hasta él, abrazándole lo más fuerte que pude.
-Creí que te había perdido. Creí que te habías ido.
-¿Irme? ¿A dónde? ¿Dónde voy a estar mejor que con la persona que amo?
Le besé suavemente mientras el entornaba sus ojos. Al separarnos, con esa
maravillosa sonrisa suya dijo: -Nunca te dejaré. A partir de ahora yo cuidaré de
ti.
Y así ha sido desde entonces. Tardé bastante tiempo en confesar a mi familia
esta situación. No sin cierta dificultad, aceptaron a Toni como uno más y es muy
querido por todos.
Por nuestra parte, vivimos en Zahara como una pareja más. Yo continúo con mi
trabajo, que nos permite vivir desahogadamente y él ha vuelto a estudiar gracias
a mi insistencia, ya que no quería que se limitase a las labores de la casa, que
era su intención. Somos felices y tenemos una relación completa, apasionada y
sincera. Ahora solo esperamos que las leyes nos permitan algún día casarnos y
tener un hijo, que es lo que más deseamos.
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