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-¿y no me guardaste un poquito?

-aquí lo tengo-

Entonces te dejaste mear mientras pasabas tus brazos abrazándome y de paso me orinabas a mí a través de tu pantalonera.

-Chico malo- te dije y vi como salía borbotones el agua amarilla que te bajaba por la pierna y se iba por el desagüe de la bañera.

-Ahora tendremos que bañarnos juntos- dijiste

-Como mande campeón- te respondí y sin más reparos me saliste los viejos vaqueros rotos de los domingos y entre ya desnudo por completo contigo a la bañera sin agua. Comenzaste a quitarte la pantalonera pero yo te detuve,

-déjame a mi- te dije, me agache y baje ese trapo minúsculo y pasado de moda que algún exhibicionista les busco por uniforme en el equipo, estaba entrapado de orines y de sudor, se me antojo salado, no lo probé, el sabor de tu vejiga ya me seria familiar años mas adelante tanto como para ti, así mismo el sabor de nuestro semen, eso seria después, en cama y los dos juntitos y en domingo, pero en ese entonces había tiempo para mas, era sábado a medio día.

 

Quedaste en suspensorios, mire para arriba y tenia ante mi el mas magnifico de los monumentos de toda la Roma imperial, las enormes columnas de tus musculosas piernas apenas sostenían el gigantesco bulto de tus genitales, tenias el miembro tan erecto que apenas si te cabía en esa bolsa, hermoso abdomen, sin barriga pero con la suficiente grasa de el hombre que no esta enloquecido con su propio cuerpo, pura salud de alma, espíritu de varón de verdad que no se amilana ante nada, ni siquiera a bañarse con un buen amigo.

No soporte ver tu rostro otra vez con esa sonrisa de cantante de tango y de golpe te gire, ante mi se extendió esa vastedad enorme de tus nalgas, con pelos que señalaban al centro de ti, las bese saboreando la sal que se te había quedado pegada en la piel, solo me despegue cuando me imagine que tenias los ojos cerrados de nuevo, por que murmurabas algo o gemías de placer mientras te apoyabas con una mano y con la otra te tocabas el miembro.

Abrí tus muslos: acción magnifica y ante mi el tesoro mas preciado, el anillo del nibelungo: esa hermosa flor púrpura con pelos negros alrededor y alguna venita brotada, producto de la guerra que alguna noche te dieron, cicatriz del valiente. Perfecto, con arruguitas en la piel externa y ese último pedacito de intestino salido que controlaba tu momento más íntimo y que, por lo tanto, también seria mío: tu defecación.

Así estaba entonces, solo para placer de mis ojos, indefenso, como la boca de un bebe próxima a ser besada. Gusto de mi olfato, limpio pero con olor, no resistí mas, hundí mi cara entre tus nalgas y lo bese, furtivamente al principio, luego prolongado y continuo, finalmente respirándomelo todo. Al poco tiempo perdió el sabor agrio y fue un terso confite en aro, separe mi rostro para verlo de nuevo y lo palpe con el dedo gordo, al principio alrededor y poco a poco me acerque al centro, al roto, lo había dejado tan húmedo de saliva que casi estaba relajado. Volví a besarlo, esta vez con más insistencia en la lengua, limpiándolo todo. Hacia hermosos espasmos, dependían de tu verga y de mi trabajo oral. Finalmente lo vencí y fue un pedazo de carne tierna. De nuevo le puse un dedo, esta vez el anular, el asesino de culos, terror de mis ex compañeros de cama, y lentamente lo deslice adentro mientras te agarraba el enorme cuadriceps con la mano que me quedaba libre. Adentro todo estaba en su punto, las arrugas de recto, la vejiga y por fin la tan anhelada próstata, lo supe por que al presionarla te cerraste todo, casi me estrangulas el dedo con el esfínter.